El terrorismo anarquista en España


“Entre 1890 y 1900 tuvo lugar en todas partes un periodo de terrorismo anarquista (…) El reino de la burguesía se encontraba en todo su esplendor. Su vaciedad, su filisteísmo, su insufrible autosatisfacción marcaban su huella sobre todo. Había creado un mundo a la vez estúpido y vacío y se encontraba tan firmemente establecido en él, que parecía una locura soñar siquiera con la revolución. El ansia de conmover con alguna acción violenta aquella inmensa, inerte y estancada masa de opinión de la clase media se hacía irresistible”

Gerald Brenan (1977) El laberinto español. Barcelona. Pág. 213.

I
La denominada propaganda por el hecho, que abogaba por el uso de la violencia como medio adecuado tanto para publicitar su propuesta social y política, como para conseguir sus fines. Esta facción o rama del anarquismo desarrolla sus acciones entre la última década del siglo XIX y la primera del XX. A partir de 1910, con la creación de la C.N.T., la propaganda por el hecho pasa a convertirse en una sucesión de atentados políticos en los que participan grupos más organizados. Los crímenes del anarquismo de esta primera etapa también son políticos, porque atentan de forma mayoritaria contra personalidades de ese campo, y porque su objeto es participar y condicionar el desarrollo de las instituciones del Estado. Pero no dejan de ser crímenes que ocasionan a menudo víctimas civiles, y que obtienen una gran repercusión social en su momento en la línea apuntada en capítulos anteriores, es decir, con el seguimiento e interacción de los casos entre prensa, justicia y ciencia.

Un trabajo clásico sobre el anarquismo español de la época es el que Álvarez Junco redacta en 1976[2]. En él, deja claro el autor que las bases doctrinales de esta tendencia son armonistas, rechazan la violencia. Como ejemplo, cuando se produce el atentado contra Prim en el periodo isabelino, la propia prensa vinculada al anarquismo responde: “si para salir de la miseria y del embrutecimiento se nos aconseja la lucha armada y sangrienta contra nuestros opresores, debemos desechar aquellos consejos, debemos repeler aquellas ideas como falsas, nacidas de entendimientos mal avenidos con nuestros intereses. Debemos luchar, sí, pero nuestra lucha, a la par que constante, ha de ser apacible; nada de violencia, nada de crueldad; nuestras armas, nuestros instrumentos de fuerza han de ser las herramientas del trabajo; nuestra táctica, nuestra estrategia, la federación, la fraternidad y, sobre todo, nuestra constancia en educarnos en la política social, para que podamos hacer buen uso de nuestros derechos (…)”[3].

Pero la represión gubernamental llevada a cabo por Castelar en 1873, que se prolonga tras el golpe de Pavía en 1874, consigue que la táctica huelguística como modelo de referencia entre en crisis. Algunos grupos comienzan a pensar en dar una respuesta contundente a las represalias, detectándose pequeñas células, como diríamos hoy, dispuestas para la acción desde 1876. Mientras en Barcelona predominaba la táctica legalista, sindical, Andalucía, sumergida en la pobreza y la insultante exhibición de ostentosidad por parte de los terratenientes de la zona, comienza a agrupar distintas propuestas de acción revolucionaria.

El año 1881 supone el paso de la F.R.E. a la F.T.R.E, como organismo que agrupa los intereses mayoritarios del pensamiento anarquista, que consiguen salir de la ilegalidad a través del Reglamento de Asociaciones. Coincide este cambio con la denominada Internacional Negra de Londres, que agrupa a los grupúsculos violentos. Por primera vez se habla de propaganda por el hecho, y no nos referimos exclusivamente al atentado más conocido. Comprende otras fórmulas como “aparte de robos y agresiones armadas, la deserción militar, la negativa a pagar alquileres de casas o cánones agrícolas, las ceremonias laicas o cualquier otra forma de rebeldía práctica”[4]. El atentado pasaría, en cambio, a la historia contemporánea de nuestro país como el ejemplo tipo de la puesta en marcha de la propaganda por el hecho, como se deriva de la definición otorgada por otro historiador de la época: “entendemos por terrorismo anarquista o propaganda por el hecho aquellas acciones violentas que pretendían instrumentalizar políticamente el terror mediante unos actos simbólicos de los que estaban excluidas las masas”[5].

El contexto de decadencia de los Congresos de la A.I.T., y las plausibles discrepancias entre sus participantes, hacen surgir las ideas de desarrollar acciones de carácter violento. La sucesión de detenciones y actos represivos contribuyen de forma determinante a la expansión de esta idea. Se empuja a algunos sectores a la clandestinidad, y se piensa que se debe romper el cerco con fuerza, causando impacto. La Internacional antiautoritaria, influenciada por Bakunin, se había celebrado en 1877 en la ciudad de Verviers, ya sin secciones marxistas. Allí, Kropotkin, el propio Bakunin, Louise Michel o Malatesta, contribuyeron a su modo a que se llegasen a conclusiones como las siguientes: “la necesidad de añadir a la propaganda oral y por escrito la propaganda por el hecho, se decía tomar en consideración la absoluta necesidad de propagar por actos la idea revolucionaria y el espíritu de la misma en las masas populares, las cuales debían abandonar sus falsas ilusiones sobre los medios legales”[6].

Así se va conformando el modelo de grupo de acción anarquista violento: tres, cuatro, incluso cinco personas, planean una acción determinada; buscan los medios en otros pequeños grupos de su entorno; la localización de la información, e incluso a veces el traslado de los explosivos o armas les corresponden igualmente a ellos; huyen de cualquier tipo de autoridad o de organización que les imponga criterio alguno; encuentran la posibilidad, y llevan a cabo su acción; después huyen o, en ocasiones, se entregan creyéndose mártires o héroes de una causa, prueba ésta del fuerte pensamiento milenarista que invadió al anarquismo de finales del siglo XIX.

Una de las teorías de más éxito con respecto a la articulación de esta estrategia de acción dentro del anarquismo, explica que la sucesión de atentados es una respuesta inexorable, condicionada a la profunda represión que la burguesía, a manos de su policía, decidió enviar a los movimientos obreros del momento. Sin ser del todo cierto, es obvio que la teoría de la acción-represión-acción se encuentra presente en la génesis de numerosos de estos actos. Pero hay otros factores, y éstos derivan de las discrepancias en el propio mundo obrero, así como en parte de las bases organicistas que guardaban en su base algunos de sus principales teóricos.

En España, como antecedentes de la teoría de la represión, se puede hacer referencia a la Noche de San Daniel de 1865, o a la respuesta dada desde las autoridades a la sublevación del Cuartel de San Gil un año después. Hoy no podemos conocer si estos sucesos estaban en la mente del autor y cómplices del atentado que sufrió Prim posteriormente, pero sí que la breve Dictadura de Serrano, previa al inicio del periodo restaurador de la Monarquía Borbónica, creó un profundo malestar en el seno del mundo obrero español.

Es sabido que la A.I.T. se introdujo en España bajo el influjo de Giussepe Fanelli, un italiano enviado por el anarquismo del momento en una fecha nada escogida al azar: 1868. Seguidor de Bakunin, Fanelli dejó profunda huella en Barcelona. Marx, para contrarrestar el creciente peso ácrata, mandó viajar a la Península a su propio yerno, Paul Lafargue. El filósofo alemán no lograría sus objetivos. Las quincenas, las detenciones y torturas indiscriminadas, el eco que recibían las noticias de acciones anarquistas en otros países y, sin duda, la profunda situación de desigualdad social y económica que padecía aquella España, contribuiría conjuntamente a que el lema “Paz a los hombres, guerra a las instituciones” pasase en algunos sectores radicales a mejor vida. Se acercaban los años noventa, y era el tiempo de la propaganda por el hecho.
II
El terror anarquista afectó a celebridades de la política en buena parte de los países del mundo occidental, aunque su máxima significación se alcanzaría en Francia, España e Italia. Casi todos los gobiernos que lo padecieron, respondieron con leyes especiales y con campañas de represión orquestadas más allá de los posibles autores, extendiéndolas a todo el movimiento. Pero cierto es que hubo una diferencia notable entre esta respuesta en España y en otros países: la policía española fue incapaz de articular unos servicios de información adecuados al problema al que se enfrentaban. Su estructura, como se ha dicho anteriormente, varió con casi cada atentado, y tuvo que requerir en algunas ocasiones de ayuda de expertos policías extranjeros, que se asentaron temporalmente en centros de conflicto como Barcelona.

Los terroristas del anarquismo español recibieron una notable influencia de lo que sus compañeros franceses llevaron a cabo en el país vecino. Allí, Duval en 1886 y Pini en 1889, a su manera, habían aplicado la fórmula de la apropiación individual frente a la burguesía. Más graves fueron los acontecimientos acaecidos entorno a la celebración del Primero de mayo de 1891 en la ciudad de Clichy. Enfrentamientos entre obreros y policía, denuncias de tortura y la petición por parte del fiscal de tres penas de muerte, sembraron un sobrio precedente para el comienzo de las represalias por parte de radicales anarquistas. Uno de ellos, Ravachol, que se convirtió en el prototipo de mártir anarquista, decidió atentar en los domicilios del fiscal y el juez que habían llevado el proceso de Clichy.  Denunciado a la policía por un camarero, no pasó demasiado tiempo para que otro anarquista pusiera una bomba en el restaurante del delator, causando un muerto. En 1892, otra bomba estallaría en una comisaría parisina. August Vaillant arrojaría otra en la Cámara de Diputados en 1893. Un año muy duro para la burguesía francesa fue 1894: bombas en hoteles, en calles, en prefecturas de policía e iglesias, así como en casas de jueces. El punto culminante, y también con el que se da comienzo al declive de esta fórmula de acción, es el asesinato en Lyon del Presidente Sadi Garnot por Santo Caserío. Tal vez una efectiva represión policial o quizás un cansancio de la fórmula de la propaganda por el hecho, pero en cualquier caso la aparición de la vía del sindicalismo a mediados de los noventa, contribuyó a la reducción de atentados de estas características.

Por su parte, ni Inglaterra ni Alemania fueron países que padeciesen la aplicación de estas fórmulas desde sus grupos más extremos. No, al menos, en comparación con lo vivido en Francia. Entre 1883 y 1885 Londres sufrió atentados en su Parlamento, en su metropolitano y en la Torre de Londres, pero la representación del anarquista violento fue más un producto de la propia literatura de Joseph Conrad o Henry James.

En Alemania, salvo algunos intentos de acabar con el Kaiser y pequeñas escaramuzas, lo más destacable ocurrió entorno a la figura de Auguste Reinsdorf, ajusticiado posteriormente cuando las sospechas se centraban en el jefe de policía Rumpf, quien caería posteriormente víctima de un atentado.

A Estados Unidos, llegaron numerosos anarquistas violentos exiliados. La dinámica de acción-represión-acción no fue fluida, y acontecimientos como los del Primero de Mayo en Chicago y el asesinato del Presidente McKinley en 1901, alcanzaron una repercusión más profunda fuera de las propias fronteras del país.

Rusia fue un caso excepcional. Allí, el denominado “nihilismo” actuó ya desde los años setenta con un objetivo claro: acabar con el Zar. El General Trepov, el jefe de la policía secreta Mesentsev, el ayudante del Zar Krapotkin o el Coronel Kuopp son sólo un pequeño ejemplo de autoridades que murieron bajo la fórmula de la propaganda por el hecho. Soloviev intentó matar a Alejandro II, Hartmann minó una vía de tren por la que debía de pasar, Kalturin puso una bomba en el comedor del Palacio Imperial en 1880 y, por fin un año después, un complot preparado por Sofía Perovskaya, Kibalchich y Cheliabov haría caer al Zar. La muerte de Alejandro II fue, sin duda, la más importante propaganda que podía lograr el terror.

Los desfiles militares y nuevamente el Rey, fueron los principales objetivos de los anarquistas violentos italianos, que sí padecieron una represión acorde a la vivida en España. Finalmente sería Gaetano Bresci quien eliminaría físicamente al Rey Humberto en 1900. Pero Italia también exportaría propagandistas por el hecho: Angiolillo vendría de allí para acabar con la vida del artífice de la Restauración española.

Álvarez Junco distingue dos etapas del terrorismo anarquista en España: la primera transcurriría entre 1893 y 1897; la segunda, entre 1904 y 1906[7]. Pero hasta el primer gran atentado, protagonizado por Paulino Pallás, habían sucedido otros hechos que merecen ser destacados.

Si siguiéramos una cronología de los acontecimientos, deberíamos comenzar haciendo referencia a los intentos de asesinar a Alfonso XII en 1878 por Juan Oliva, y un año después por Francisco Otero. Pero no se encontraron evidencias que indicasen vinculaciones con el anarquismo.

Los sucesos de La Mano Negra en 1883 contribuyen fuertemente al malestar de las clases obreras y a la extensión del escepticismo entorno a las posibilidades reales de las demandas legalistas. Algunos de los historiadores que más hincapié han hecho en el análisis de esta supuesta sociedad secreta andaluza, han concluido que no fue sino un montaje policial que aprovechó la ocasión para detener a cientos de obreros que se movilizaban. Se fraguó un proceso judicial complejo, extraño, donde se juzgaba a una sociedad que, siendo completamente secreta, agrupaba en sus filas a cientos de campesinos. Mientras, la F.T.R.E. se desmarcó de las supuestas acciones violentas que planeaba esta organización, perdiendo crédito entre los acusados y afines.

En Septiembre de 1886 estalla una pequeña bomba en un organismo patronal catalán. Este tipo de acción se repetirá como una constante las dos décadas siguientes. Pero será la revuelta campesina acaecida en Jerez la que evidenciará el comienzo de un largo conflicto en el que venganzas y respuestas represivas acompañarán a las motivaciones políticas. Así lo cuenta Núñez Florencio: “en la noche del 8 de Enero, unos quinientos o seiscientos campesinos atacaron Jerez con la intención de liberar a unos compañeros presos, pensando ingenuamente que las guarniciones del ejército se les unirían, solidarizándose con ellos. Los planes salieron mal: el ejército no se les unió, la policía defendió con éxito la cárcel y, en fin, los rebeldes fueron rechazados”[8]Las consecuencias no se hicieron esperar: declaraciones, denuncias de torturas y cinco fusilamientos.

Jerez y la figura enigmática del mártir francés Ravachol estaban en la cabeza de Pallás cuando el domingo 24 de Septiembre de 1893, festividad de la Merced, arrojó dos bombas al paso del General Martínez Campos. Sin intentar escapar, y reconociendo desde el primer momento su implicación, Pallás moriría ajusticiado dos semanas después. “La venganza será terrible”[9] diría el segundo gran mártir español bajo la consigna de la propaganda por el hecho[10], y no pasó siquiera un mes para ver cumplida su profecía.

El 7 de Noviembre de ese mismo año se presentaba la ópera basada en la obra Guillermo Tell en el Liceo barcelonés. La gente de elevada posición ocupaba sus filas. Al comenzar el segundo acto, un hombre arrojó desde el quinto piso al patio de butacas dos bombas, causando más de una decena de muertos. Horas después comenzaron las detenciones. Se suspendieron las garantías constitucionales en la ciudad. La presión de la prensa, que no dudó en dar una imagen apocalíptica del anarquismo, sembrando el miedo entre la ciudadanía, forzó la puesta en marcha de una frágil maquinaria policial. Cuando el 2 de Enero de 1894 es detenido en Zaragoza Santiago Salvador French y, autoinculpándose del atentado, la pregunta que la prensa anarquista se hace es: ¿Qué ocurre con los numerosos detenidos y torturados que se constatan ahora como inocentes? El proceso prosiguió, se firmaron al parecer falsas declaraciones, imputando a diez individuos -condenando a muerte a seis de ellos, y a cadena perpetua a los restantes-.

La prensa no perdió detalle de la evolución del proceso a Santiago Salvador, un personaje muy del interés de los criminólogos del momento. En Agosto de 1894 se publicaba que el autor había decidido abnegar sinceramente del ideario ácrata, leyendo la Biblia y ganándose las simpatías de cierto sector del clero y del conservadurismo español. Era una víctima, que obtuvo como rentabilidad vivir a cuerpo de Rey mientras se dilucidaba si era condenado a muerte o no. Cuando sus esperanzas cayeron en saco roto, se apresuró a confesar en la prensa su comedia, burlándose del catolicismo y reivindicando su papel como enemigo de toda autoridad. Salvador fue ejecutado en Mayo de 1894, coincidiendo con el ajusticiamiento de Henry[11]

Para lo vivido en años anteriores, 1895 transcurrió con relativa calma. Se colocaron pequeñas bombas, y se produjeron hechos relevantes como los disparos efectuados por Ramón Murrul al Gobernador Civil Barroca, pero no alcanzaban la dimensión ni de los pasados, ni de los que estaban por llegar. De nuevo Barcelona, y de nuevo un lugar concurrido, una fiesta en este caso religiosa, el Día del Corpus, en la Calle de Cambios Nuevos. Junio de 1896. En plena procesión, una bomba estalla causando el pánico y dejando tras de sí una estela de muertos y heridos. ¿Por qué la hacen explotar en la cola cuando obispo, militares y altos cargos van en la parte delantera? ¿Qué sentido tiene causar una masacre entre población civil? Estas preguntas resuenan en algunas publicaciones afines al anarquismo mientras que, desde el Gobierno, se vuelven a suspender las garantías constitucionales, dando inicio a una represión policial cuya notoriedad traspasa nuestras fronteras. Casi cuatrocientos detenidos por el acto que en todo caso habían llevado a cabo un número limitado de individuos. El fiscal solicitó nada menos que veintiocho penas de muerte y cincuenta y siete cadenas perpetuas. Faltaron garantías para los acusados en los procesos, conocidos como los del Castillo de Montjuich, llegando a suicidarse unos de los abogados defensores al tener total convicción de la inocencia de su defendido. “El verdadero autor nunca fue descubierto, y el proceso hubo de ser revisado pocos años después”[12] tras una campaña de presión orquestada por Lerroux y sus allegados. Se desarrollaron actos y manifestaciones de repulsa en toda Europa e, inequívocamente, se sembró la semilla más fértil para una inmediata acción de respuesta.

El ya viejo Presidente del Gobierno Cánovas del Castillo descansaba en el balneario de Santa Águeda. Leía el periódico, tomaba unos baños, y compartía conversación con su esposa y algunos de sus colaboradores y conocidos. Entre ellos, llegó a saludarse con un periodista italiano afable y educado que rondaba el lugar. Aquel hombre era Angiolillo, llevaba un revólver y, aprovechando un momento de soledad de Cánovas, sacó su arma y le disparó en tres ocasiones, acabando con la vida del artífice intelectual del modelo turnista. Con esta acción, y con la efectuada por Ramón Sempau a Narciso Portas, responsable de las torturas del Castillo maldito, acabaría un ciclo de la propaganda por el hecho en España. Angiolillo fue agarrotado días más tarde. No trató de huir. Estaba conforme con su detención, y declaró con orgullo su satisfacción por haber vengado a los compañeros represaliados el año anterior[13].

Pocas bombas hacen explosión los años siguientes, si las comparamos con las de esta etapa pasada. Pero a partir de 1901 resurgen con fuerza los conflictos sociales, como consecuencia de las huelgas en la industria textil, la gran perjudicada por la pérdida de las colonias. El auge del Republicanismo y de los nacionalismos hace concebir esperanzas en el proceso político, en la legalidad en definitiva. Acontecimientos como los de Alcalá del Valle, en Agosto de 1903, vuelven a torcer la óptica de los radicales anarquistas. Su bandera de lucha había sido en esos últimos años la liberación de presos principalmente. Y ése era precisamente el objeto de una manifestación organizada, y reprimida fuertemente por la Guardia Civil, dejando tras de sí numerosos heridos y al menos un muerto.

Este malestar por la incapacidad de articular una alternativa anarco-sindicalista y la influencia de los atentados franceses abren una nueva etapa de terrorismo: “Lo que caracteriza a este nuevo periodo son las bombas que estallarán sin un objeto determinado, en las calles, en las plazas, en los mercados…, sin que parezca importarle a los autores de las explosiones quiénes puedan ser las víctimas de las mismas. Son atentados que nadie reivindica, que todos rechazan y condenan; sus autores, salvo algunos casos concretos y aislados, no serán descubiertos. Los anarquistas, que en la década anterior justificaban en muchos casos la propaganda por el hecho, serán ahora unánimes en el rechazo de estos atentados, que atribuyen a la policía o a la reacción”[14].

Joaquín Miguel Artal, de diecinueve años, aprovecha la visita a Barcelona de Antonio Maura, Presidente del Gobierno, para tratar de acuchillarle. Por este hecho es condenado a diecisiete años de cárcel. La prensa anarquista, sin dudarlo, se apunta al debate criminológico sobre el joven autor: “es delgado, casi alto, de fuerte musculatura y de mirar profundo, más bien soñador que sombrío. Tiene la frente recta y ligeramente pronunciada, esa frente en forma de torre que caracteriza al hombre superior de las novelas de Zola. La mandíbula es sana; los pómulos se destacan regularmente y todas las facciones del rostro son enérgicas y viriles. Examinando el rostro de Miguel, Lombroso se llevaría un chasco”[15].

El 31 de Mayo de 1905 Alfonso XIII recorre las calles de París junto al Presidente de la República francesa, tras asistir a la ópera. En la calle Rohan, al paso de la comitiva, se produce una fuerte explosión. Las policías española y francesa no supieron encontrar a los culpables, aunque las sospechas recaían en conocidos militantes anarquistas españoles como Carlos Malato o Pedro Vallina. En otras esferas, se acusa a los cercanos a Lerroux como artífices intelectuales del atentado. Entonces ya sonó el nombre de Mateo Morral, un catalán que pasaría a la historia del terrorismo anarquista justamente un año después, cuando el Rey celebraba su boda en Madrid[16].

Morral había llegado a Madrid el 20 de Mayo de 1906. Había tomado unos días de descanso, ya que trabajaba en la llamada “Escuela Moderna” de Ferrer i Guardia. Durante esos días leyó intensamente la prensa, para averiguar cuáles iban a ser los recorridos y preparativos de la boda del Rey con Victoria Eugenia de Battenberg. Finalmente optó por renunciar a llevar a cabo su acción dentro de la Iglesia de los Jerónimos, ya que el Conde de Romanones había pedido colaboración internacional para evitar un posible atentado. Era prácticamente inviable hacerlo dentro de la misma iglesia, o en sus proximidades. Alquiló una habitación en la Calle Mayor, cerca del Palacio Real. A las 13.55 Horas del día de la boda, alguien exclamó desde una ventana: “¡Qué ramo más bonito!”.  Aquellas flores escondían una bomba, y fueron arrojadas por Morral desde la ventana de su habitación. Hubo numerosos heridos y muertos, pero los recién casados resultaron ilesos.

Morral huyó, buscando refugio en el periodista José Nackens, que le ofreció medios para salir de Madrid. Reconocido por un Guardia, se suicidó días después cerca de la localidad de Torrejón de Ardoz. Con el autor material muerto, la investigación desplazó su campo de interés hacia todo aquel que hubiera podido facilitarle ayuda, así que se orquestó de nuevo una red de detenciones y acusaciones preventivas que, en la mayor parte de los casos, no pudieron ser probadas.

La policía comenzó a variar su estrategia, haciendo depender en buena medida sus investigaciones de confidentes de dudosa reputación. El anarquismo rechazó las pequeñas bombas que individuos no identificados habían puesto en calles y lugares sin objeto alguno, pero que causaron heridos y muertos civiles, incluso entre niños. Explosiones, por tanto, en tierra de nadie, porque nadie las quiere y nadie las reivindica, pero que causan estragos a partir de 1907.

Joan Rull i Queraltó había participado de acciones anarquistas antes de ser invitado por la policía a ejercer de confidente. Los sueldos eran bondadosos, y con ello se dio pie a los pequeños chantajes. Rull se dirigía a fuerzas policiales para exigir dinero con el objeto de evitar un atentado. Esos billetes podían llegar parcialmente, y entonces estallaban algunos artefactos. Finalmente, en 1908, fue ajusticiado a garrote vil, como responsable de una parte de esos atentados sin firma. Capacidad para actuar tenía el confidente, desde luego, pero el don de la ubicuidad era algo que no debía haber adquirido aún.

Los atentados anarquistas no cesaron con la llegada de la segunda década de siglo. Ahí quedaron el asesinato de Canalejas o Dato. Pero la propaganda por el hecho pasó a la historia. Como en Francia desde años antes, la propuesta anarquista se diluyó en la C.N.T., creada en 1910. Ésta fue, sobre todo entre 1919 y 1923, una organización sindical fuerte, con miembros muy activos para la lucha obrera. La policía también modificó sus estrategias. Las grandes represiones indiscriminadas dieron paso al terrorismo de Estado, a la creación de fuerzas parapoliciales con pistoleros a sueldo que respondían selectivamente a las acciones de la facción más violenta del anarco-sindicalismo.

III

César Lombroso estaba comprometido con un incuestionable orden social, comprende la significación de realizar una investigación, aprovechando el reconocimiento social alcanzado tras sus investigaciones sobre delincuencia, que se centre única y exclusivamente en esa forma novedosa de criminalidad que gana numerosos adeptos, y que atenta en el mismo corazón de los valores de la condición social burguesa.

Hasta entonces Lombroso había sido un investigador con preocupaciones sociales, pero que no se había desmarcado, como su compañero Garófalo, en establecer hipótesis más allá de la pretendida objetividad de su método de investigación. Como comenta Maristany, “toda posibilidad de equívoco se desvanecería definitivamente, porque sus escritos sobre el anarquismo revelarían, de modo bien explícito, la verdadera proyección de su labor: la de sellar un pacto con la moral y los valores instituidos”[17]. Carlos Díaz, por su parte, no cree en una mala intención del médico turinés: “no es que fuese un sabio disfrazado de policía para tergiversar los argumentos del otro; nada de eso. Era más el creador de una escuela en una época incipiente, con el habitual problema de deformación profesional, que exagera cuanto descubre, sin descubrir aquello en lo que exagera”[18].

Lo importante no es si un científico innovador se transformó en un garante de la defensa social, o si simplemente murió de éxito, sentando cátedra de aquello cuanto decía. El trabajo Los anarquistas se publica en 1894, justo después de la primera gran oleada de atentados. Es, pues, un libro oportunista que intercede en un momento clave de expansión de esta doctrina. En este sentido, nuestro trabajo no trata de dar cuenta de malas intenciones o conspiraciones, porque los hechos, las aseveraciones de esas investigaciones, hablan por sí solos. Lo realmente significativo es el grado de legitimidad que encuentra la ciencia para mediar en un sentido u otro en la problemática del crimen, y los efectos que de esta intervención se derivan. Veremos, en este sentido, los más importantes.

Considera Lombroso al anarquismo como “un enorme retroceso”[19] que pretende una marcha atrás en la evolución de las sociedades, y que sueña con hechos inviables socialmente. Al valerse de herramientas violentas, el delito político se convierte en delincuencia común, y “de ahí que sean los autores más activos de la idea anárquica (salvo poquísimas excepciones como Ibsen, Reclus y Kropotkin) locos o criminales, y muchas veces ambas cosas a la vez”[20].

Un juez amigo de Lombroso, Spingardi, le había confesado que no había visto todavía un anarquista que no fuera imperfecto o jorobado[21]. Además, usaban la jerga y llevaban tatuajes, caracteres clásicos de los delincuentes natos. La epilepsia y el histerismo eran frecuentes entre sus autores, así como la hiperestesia, enfermedad que achaca a Santiago Salvador por vengar a Pallás en el Liceo barcelonés. Para colmo de males, eran altruistas. Y como ejemplo, una declaración de los conocidos anarquistas Ravachol y Henry. Dice el primero: Fijaos, señores, que la mayor parte de los delincuentes que juzgáis lo son por robo. Al crear los artículos del Código han olvidado los legisladores que no atacaban las causas, sino únicamente los efectos; las causas persistirán siempre, aunque en algún momento dejen de derivarse los efectos; y siempre habrá delincuentes porque si hoy suprimís uno, mañana surgirán diez”[22]comenta el segundo: “en esta guerra sin tregua que hemos declarado a la burguesía, no queremos ninguna piedad. Nosotros damos la muerte y sabemos sufrirla, y por esto espero vuestro veredicto con indiferencia. Sé que mi cabeza no será la última que caiga, porque los muertos de hambre comienzan a interrumpir las calles que conducen a los Terminus y a los restaurantes Foyots; vosotros añadiréis más nombres a la lista sangrienta de nuestros muertos. Ahorcados en Chicago, decapitados en Alemania, agarrotados en Jerez, fusilados en Barcelona, guillotinados en Montbrisson y en París, han muerto muchos de los nuestros; pero no habéis podido aniquilar la anarquía: sus raíces son muy profundas; ha nacido en una sociedad putrefacta y que se desgaja y se derriba; es una reacción violenta contra el orden establecido y representa las aspiraciones de igualdad y de libertad, con que venimos a batir la brecha al autoritarismo actual. Es indomable, y concluirá por vencerlo y matarlo”[23].

Lombroso reclama una coordinación policial internacional para atajar los efectos del anarquismo violento. Para algunos de los asesinos natos reclama la pena de muerte o la deportación a Oceanía. Para otros el manicomio, porque al fin y al cabo no son más que locos, y la aplicación de la máxima pena puede guardar tras de sí un efecto perverso, el de su propagación: “al paso que los mártires son venerados, los locos producen risa, y nunca un hombre ridículo fue peligroso”[24].

La respuesta del anarquismo no se hizo esperar. Ricardo Mella, uno de los más importantes intelectuales de esta tendencia, contestó casi párrafo por párrafo lo dicho por el criminólogo italiano: “Esperaba yo un trabajo concienzudo de verdadera ciencia, que aportase a la sociología datos de innegable valor. Esperaba un estudio imparcial, sereno, desapasionado de las ideas y los hombres del anarquismo”[25] pero se llevó una gran decepción. Se encontraban en el trabajo generalizaciones innecesarias, incongruencias en los datos e invenciones forzadas, que carecían de sentido para Mella, si de lo que se trataba era de redactar una investigación pretendidamente científica. Le acusaba de no haber entendido ni en lo más remoto la teoría del anarquismo, simplificándola a los atentados. “Yerra cuando ofrece las opiniones de algunos anarquistas –dice- yerra cuando las analiza; yerra si de los hombres se ocupa, y su libro resulta de la primera a la última página un error tremendo sin explicación posible”[26]. La ironía del intelectual español llegaba a ridiculizar en ocasiones al médico turinés, cuando presentaba el lirismo como un indicio de anormalidad social en los ácratas: “¡Pero Docto Lombroso, si media humanidad se pasa la vida haciendo versos!”[27].

Tal vez lo que más preocupaba a Mella no era la significación del trabajo de Lombroso, sino su influencia en otros científicos españoles. Los atentados a mediados de los años noventa habían tenido una relevancia social evidente, y algunos de sus fieles seguidores podían apuntarse a proponer estrategias de defensa social desde las cátedras contra las agrupaciones anarquistas, ligadas o no a sus ramificaciones violentas. Rafael Salillas, que hasta 1896 no se desmarcó explícitamente de la ortodoxia de la antropología criminal italiana, no dudó en calificar en 1892 a los rebeldes jerezanos como una manada de locos, a los que se les había subido “el sol, el vino, el Mediodía o el África a la cabeza”[28].

“Recordamos todavía indignados- respondería Mella- la conducta de un doctor español que a raíz de los sucesos de Jerez, publicó unos artículos en que, apelando a ciertos retratos más o menos auténticos, trataba de comprobar la tesis lombrosiana. El sol y el vino se había subido a la cabeza de aquellos criminales natos que pudieron hacer un terrible escarmiento y se conformaron con dar unos cuantos vivas y esperar a que la fuerza pública los ametrallara. El pequeño César de la antropología, como otros muchos señores que estudian los hombres del pueblo a la mayor distancia posible, no ha visto seguramente el tipo común a toda la campiña andaluza; no ha visto que aquellos agricultores son un manojo de huesos difícilmente revestido de una piel rugosa, morena, casi negra; cuerpos deformados por un trabajo continuo y una alimentación insuficiente; no ha visto que el obrero más robusto se aniquila rápidamente para mantener en la holganza, pródiga con todos los vicios, al duquesito cortesano; no ha visto, en fin, el tipo de mirada indecisa y movimientos vacilantes producto del cansancio y del hambre. En toda la campiña andaluza, como en cualquier otra, los sonrosados colores, las frescas carnes, la salud exuberante de la infancia, duran lo que la infancia dura, porque apenas se es apto para el trabajo, salud, robustez, frescura, colores, todo se pierde poco a poco, y muy pronto surge el eterno tipo del fatigado, indiferente al mundo exterior, muerto moralmente por dentro, con apariencias de vida automática por fuera”[29].

Salillas, en efecto, se había dejado llevar por el positivismo lombrosiano para establecer las causas de un hecho social para el que la prensa le había pedido, como criminólogo, una explicación científica. Pero poco tiempo después desarrolló su propia perspectiva sobre el problema anarquista, desmarcándose definitivamente de los criterios del Maestro. Por un lado estaba el análisis psicosomático del anarquista en su acción, y por otro el fenómeno del terrorismo en sí mismo, desde una postura crítica. Evitó establecer generalizaciones, distinguiendo entre el acto de violencia de un individuo y el ideario de una causa colectiva: “La tipología del anarco-criminal responde  en el esquema de Salillas a un proceso patológico que desemboca en el tipo regicida, oponiéndose al criminal nato lombrosiano, con el que queda fehacientemente demostrada su máxima de que el anarquista es criminal por el acto que comete y no por su ideología”[30].

Diferenciaba el criminólogo aragonés entre las dos principales tendencias violentas del anarquismo español: la afrancesada, desarrollada en Cataluña, que buscaba el ataque directo a la víctima; y la tradición bandolera, que se podía encontrar en Andalucía. La realidad mostraría que en Cataluña no se cumpliría fielmente su modelo.

Por otra parte, aún guardaría la espina de sus propias palabras sobre los acontecimientos de 1892. Un prólogo a Alfredo Nicéforo una década después, le permitiría resarcirse en cierto modo: “todavía la locura guerrera tiene un triste episodio en la invasión de Jerez por los campesinos. Desde entonces puede decirse que actúa el verdadero espíritu de asociación. La asociación agraria con fines definidos y eficaces, con fuerza propia, se ha generalizado rápidamente en casi toda Andalucía, constituyendo una verdadera fuerza social y un factor sólido en las futuras soluciones de problema”[31]. Claro que Salillas había variado su opinión. Pero, como otros intelectuales vinculados al regeneracionismo, preparaba su incorporación al mundo de la política en el seno del Partido Radical, y era momento de ganar adeptos en el movimiento obrero y de cerrar viejas heridas.

Pero las estrategias de defensa social en los textos de investigadores fueron más allá. En Julio de 1894 se había aprobado una Ley de Represión de Atentados cometidos con explosivos, que suponía principalmente un agravamiento de las penas. Dos años después, en Septiembre de 1896, se promulga una ya específica contra el anarquismo, en la que se establece la condena a muerte a los autores de atentados y sus cómplices, y la cadena perpetua a los encubridores.

Hemos tenido ocasión de referirnos a Manuel Gil Maestre en capítulos anteriores. Fue un científico que también tuvo ocasión de articular un feroz ataque contra la causa ácrata, alejándola de sus vinculaciones con el comunismo y el socialismo, y ubicándola en la esfera de la delincuencia común. Uniéndose a otras críticas de autores como Sanz y Escartín o Azcárate, comentaba que “el anarquismo no ha vivido ni vive sino por la destrucción y para la destrucción; no ha pensado ni piensa sino en el mal; no medita sino los medios de hacer mayores daños, de producir un terror más grande”[32], por lo que no era otra cosa que “una verdadera asociación criminal, con tendencias, propósitos, fines, procedimientos, hombres, y hechos de tal carácter”[33]Reclamaba el endurecimiento de la legislación penal, que el sentimentalismo y el correccionalismo pasaran al olvido, y, en la línea de Garófalo, la aplicación sin miramientos de la pena de muerte.

Pero del mismo modo que se dijo que España tenía su particular Lombroso en la figura de Salillas, también tuvo su Garófalo castellano. Nacido en Valladolid en 1865, César Silió Cortés había fundado con Taladriz la Revista de Antropología Científica y la de Ciencias Médico-Legales, ofreciendo recursos para la exposición de la doctrina represiva de Garófalo. Conservador, regionalista castellano, fiel seguidor de Maura, e interesado en el mundo de la prensa[34], publicó numerosos artículos en revistas como La España Moderna, en el entorno de los primeros grandes atentados de la Ciudad Condal. En ellos, podemos comprobar la furia de un miembro de la elite vallisoletana contra todo el movimiento anarquista, y en especial contra Ferrer i Guardia, para quien pidió desde un primer momento la pena de muerte por su supuesta colaboración en la gestación de los atentados. Desarrolló un “auténtico ejercicio de imaginación represora”[35]tal y como fue definido por Maristany, al proponer la deportación definitiva de sus autores a islas de Oceanía. Sus palabras si son, en este caso, claro ejemplo de instrumentalización política, mezclando para ello criterios o conceptos derivados del campo de la ciencia[36].

La credibilidad de Lombroso no se extendió mucho más allá de los primeros años del siglo XX. Claro que quedaron efectos latentes, recuperados en su propio país a la llegada del fascismo. Pero, como en el caso de Salillas, la mayor parte de los científicos de este campo en los años noventa pasaron al mundo de la política a principios de siglo. Los científicos debían reconciliarse con buena parte del movimiento obrero, si de lo que se trataba era de captar apoyos. Las generalizaciones difamantes a todo el movimiento anarquista ya no cabían, porque no resultaban rentables. Como mucho, quedaba la opción del desprestigio social del terrorista desde el análisis de su carácter personal y salud mental, y a este carro se subieron ya no solo conservadores consolidados, sino reconocidos miembros de la esfera obrera, como el co-fundador del P.S.O.E. Jaime Vera.




[1] Algunos ejemplos son VV.AA. (2002). El anarquismo español. Asociación de Historia Contemporánea. Madrid; MORALES MUÑOZ, Manuel. (2002). Cultura e ideología en el anarquismo español (1870-1910). Servicio de Publicaciones, Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga; ÁLVAREZ JUNCO, José. (1991). La ideología política del anarquismo español (1868-1910). Siglo XXI. México; LITVAK, Lily. (1988) La mirada roja: estética y arte en el anarquismo español. Ediciones del Serbal. Barcelona; COMÍN COLOMER, Eduardo. (1956). Historia del anarquismo español. AHR. 2ª Edición. Barcelona; etc.
[2] ÁLVAREZ JUNCO, J. (1976). La ideología política del anarquismo español (1868-1910). Siglo XXI. Madrid.
[3] En ÁLVAREZ JUNCO, 1976, 483-484.
[4] ÁLVAREZ JUNCO, 1976, 494.
[5] NÚÑEZ FLORENCIO, R. (1983) El terrorismo anarquista (1888-1909). Siglo XXI Editores. Madrid. Pág. 5.
[6] NÚÑEZ FLORENCIO, 1983, 14.
[7] ÁLVAREZ JUNCO, 1976, 494.
[8] NÚÑEZ FLORENCIO, 1983, 49.
[9] En El Imparcial, 7 de Octubre de 1893. Madrid.
[10] Seguramente, el primero había sido Francisco Ruiz quien, habiendo colocado una bomba en el jardín de la casa de Cánovas del Castillo, al ver a unos niños acercándose al lugar donde estaba colocada, se apresuró a quitarla, explotándole en las manos y causándole la muerte.
[11] Decía en prensa Salvador, acerca de su conversión al catolicismo: “Hoy, gracias a Balmes he conocido la verdad; hoy no soy anarquista; hoy deploro en el alma cuanto hice. Rechacé consejos religiosos que hoy escucho y admiro (…) Quiero hacer muy pública mi retractación a cuyo fin ingresaré en la orden dominicana y vestiré su santo hábito durante mi encierro”. El Imparcial, 27 de Agosto de 1894.
[12] ÁLVAREZ JUNCO, 1976, 496.
[13] Aún quedan dudas acerca de si Angiolillo era un anarquista convencido, que se vengó del responsable último de las torturas de Montjuich, o un agente vinculado a los movimientos de insurrección cubana. Ambos supuestos tendrían su lógica y, además, no hay argumentos de peso por los que pensar que una cosa debiera excluir la otra.
[14] NÚÑEZ FLORENCIO, 1893, 71.
[15] El Rebelde, en NÚÑEZ FLORENCIO, 1893, 131.
[16] No sería éste el último atentado sufrido por Alfonso XIII. El 9 de Julio de 1913 se condenaba a muerte a Rafael Sancho Alegre, quien sería indultado por el propio Rey un mes después, tras acercarse a él en un desfile militar y dispararle. Así comentaba el monarca lo vivido: “Debía ser mal tirador. Las dos primeras balas me erraron. Hice lo único que podía hacer en esta circunstancia: encabrité mi caballo y lo lancé sobre el loco aquel. Lo derribé a tierra. Duró todo unos treinta segundos. La tercera bala fue a alojarse en el pescuezo de mi hermoso caballo Alarun, por fortuna, el noble animal sanó. Pensándolo bien prefiero los revólveres a las bombas: sus proyectiles causan menos estragos. O te dan o tienes la suerte de esquivarlos. Pero de cualquier modo, te evitan la responsabilidad de la muerte de racimos de espectadores inocentes”  En ESTEBAN, José (2001). Mateo Morral, el anarquista, Causa por un regicidio. Ediciones Vosa. Madrid. Pág. 20.
[17] MARISTANY, 1973, 59-60.
[18] En LOMBROSO, C.; MELLA, R. (1977). Los anarquistas. Biblioteca Júcar de Política. Barcelona. Pág. 6-7.
[19] LOMBROSO, 1977, 15.
[20] LOMBROSO, 1977, 25.
[21] En LOMBROSO, 1977, 26.
[22] En LOMBROSO, 1977, 54.
[23] En LOMBROSO, 1977, 57.
[24] LOMBROSO, 1977, 68.
[25] MELLA, 1977, 79.
[26] MELLA, 1977, 127.
[27] MELLA, 1977, 130.
[28] SALILLAS, R. (1892). Manada de locos. El Liberal, 8 de Febrero. Madrid.
[29] MELLA, 1977, 156.
[30] GALERA GÓMEZ, A. (1995). La antropología criminal frente al anarquismo español. En VV. AA. (1995) El anarquismo español. Sus tradiciones culturales. Vervuert. Madrid. Pág. 119.
[31] Salillas, en NICÉFORO, 1902, IX-X.
[32] GIL MAESTRE, 1897, 55.
[33] GIL MAESTRE, 1897, 60.
[34] Sirva como prueba la compra del Diario El Norte de Castilla, junto con Santiago Alba.
[35] MARISTANY, 1973, 82.
[36] César Silió Cortés hizo su aparición en la política nacional para el año 1902, en el seno del Partido Conservador, llegando a ser en 1919 Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, repitiendo los años siguientes en los gobiernos de Maura y Sánchez Guerra. Referencias sobre su trayectoria política y su defensa social contra el anarquismo se puede encontrar en CANO GARCÍA, J, A. (1996). El poder político en Valladolid durante la Restauración. La figura de César Silió. Universidad de Valladolid. Valladolid. 

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