Locura y crimen: el debate en los tribunales a finales del siglo XIX



I

No pasan días en que ante los tribunales de justicia comparezcan verdaderos monstruos humanos, perpetradores de los más horrendos y premeditados crímenes, que por sus circunstancias de preparación, meditación intencionada, cálculo en su ejecución y disposiciones tomadas al servicio de la inculpabilidad, parezcan ser ejecutados por el más vulgar criminal, cuando el análisis psiquiátrico descubre en los signos psico-orgánicos de estos sujetos los estigmas de la degeneración”
Los degenerados en sociedad. José Salas y Vaca.

Desde salones de conferencias, ateneos, artículos de prensa, cátedras universitarias, libros de investigación, juzgados, y todo aquel foro público existente, higienistas sociales y alienistas trataron de ganarse la confianza y el reconocimiento de las instituciones públicas. A sus espaldas, la creciente influencia social de otros compañeros de profesión en Francia o Alemania, naciones avanzadas cuyo modelo había que imitar para regenerar un país atrasado social y económicamente como el nuestro. En juego, nuevas parcelas de poder que había que reconfigurar. Como conglomerado teórico a defender, la importación y traducción compulsiva de todos aquellos trabajos internacionales teñidos de positivismo y optimismo científico que pudiesen aportar material idóneo para la interpretación de sus ideas a distintos estratos de la sociedad española.  El enemigo, la iglesia, las ideas conservadoras, los defensores del libre albedrío. El aliado inesperado, la burguesía.

Aún hoy resulta polémico afirmar que los alienistas de finales del XIX sentaron inconscientemente algunas de las bases más firmes del fascismo italiano o del nazismo alemán. Cuando una de estas tesis ha sido planteada en algún trabajo, enseguida ha sido tachada de interpretación perversa. Pero entre los deseos del regeneracionismo español y la aplicación organicista de determinados postulados al campo de lo social (por parte de conocidos progresistas) encontramos frecuentes ideas que hoy, con la distancia como ventaja, nos resultan desafortunadamente familiares.

No es de extrañar. Mussolini fue reconocido lector de Lombroso, que a su vez era un hombre de izquierdas; Jaime Vera, cofundador del PSOE, fue el psiquiatra más conocido de finales de siglo, y aprovechó su posición para contrarrestar bajo el auspicio de la ciencia una serie de postulados incómodos o que le restaban espacio político como las anarquistas; El Doctor Esquerdo, importante republicano, supo obtener beneficio económico de la amplitud de los perímetros de la locura, (…). Algunos de los historiadores del periodo dan cuenta del uso socio-político o médico-social de la locura para mantener determinados privilegios sociales. Si para la acomodada burguesía determinadas teorías científicas novedosas podían ser miradas con escepticismo por resultar peligrosas, enseguida supieron intuir que podían encontrar más rentabilidad que perjuicio. En palabras de Álvarez-Uría, “el nacimiento del alienismo supone (…) la emergencia de una ciencia política capaz de resolver de forma técnica un problema de gobierno: conciliar los imperativos de la Seguridad Pública con la libertad de las personas”[1]. En otras palabras, “la identificación entre ley natural y ley social resultó de gran utilidad para justificar las desigualdades sociales, políticas y económicas, al subrayar que éstas derivaban de diferencias constitucionales, vehiculadas por la herencia. Las causas sociales de manifestaciones tan dispares como la miseria, el pauperismo, la enfermedad, el crimen o las revoluciones, fueron cómodamente obviadas; mientras que, en esta misma línea argumental, pobres, locos, delincuentes, prostitutas, alcohólicos, revolucionarios, etc, se consideraron ilegales de la naturaleza y, consecuentemente, de la sociedad”[2].

Poderosa arma pues, aquella que permitía dilucidar lo hasta ahora imposible: las causas objetivas de la consecución de determinados actos, en función de exámenes médicos. Con ella no cabrían discusiones. Una familia podría ser pobre de por vida por determinados condicionantes físicos que no les otorgarían capacidad de vivir de otra manera. Serían tal y como habían nacido. Y hasta que algunos sociólogos y críticos del momento no rechazaron esta ortodoxia científica, fueron muchos los que creyeron haber llegado a la resolución de los problemas más acuciantes de la historia: las guerras, los crímenes, la violencia, las clases o estamentos, etc. Se veían en su particular fin de la historia.

Consecuentemente, determinados crímenes, y especialmente los políticos, fueron parte del campo de acción en el que alienistas e higienistas debían ganar terreno. La sucesión de las crónicas negras en los nuevos periódicos, alarmando y apelando a la parte más oscura de la cultura popular española, les permitía la posibilidad de obtener ese reconocimiento social. Con él, aprovechar la debilidad del Estado para obtener beneficio económico con la expansión de centros y consultorías privadas.

Lo cierto es que España es un país pionero en el tratamiento de la locura. Numerosos trabajos ya desde el siglo XVI prestaban atención al problema de la vagancia y la ociosidad, como factores que generalmente desencadenaban en diferentes formas de locura. El mismo Lope de Vega había dedicado un drama a una Casa de Orates fundada en la ciudad de Valencia en el siglo XV. Pero hasta finales del siglo XVIII, todas estas iniciativas venían de autores directa o indirectamente fieles a los dictados de la Iglesia católica. Es entonces, con la Dinastía Borbónica, cuando cobran protagonismo algunos de los puntos clave de los procesos de centralización burocrática y control público. “El encierro de ociosos y vagos constituía una pieza clave en los proyectos de la Ilustración”[3] comenta Álvarez-Uría explicando algunos ejemplos: “Se prohíben los juegos de azar y las corridas de toros con la muerte de la fiera; se suprime la costumbre de que los condenados a muerte echen a suerte la que va a corresponderles; se implanta la unificación monetaria y se decretan numerosas órdenes de higienización; el castellano se impone como lengua nacional y se prohíbe a los gitanos hablar su jeringonza; se prohíbe asimismo que los actores de comedias improvisen sobre el texto escrito y que los curanderos ejerzan como tales (…)”[4]. De igual forma, “vendrían también los cierres de las tabernas, lugares de conspiración, de dilapidación de salarios y deterioro físico, acompañados de prohibiciones de tenencia de armas, las detenciones de los más radicales, y para ahogar toda violencia, una lluvia ininterrumpida de folletines moralizadores y otras formas culturales exógenas, destinadas a destruir formas culturales relativamente autónomas y a crear una educación sentimental del pueblo. En nombre de la Higiene Pública, surgirán proyectos urbanísticos, se derribarán barrios y casas insalubres, se realizarán ensanches, en fin, se intentará destruir por todos los medios la cohesión física del barrio, su vida y sus costumbres”[5]En este sentido, el Motín de Esquilache supone un punto y aparte en el control y la defensa social sobre la población por parte de las autoridades. La reclusión en Hospicios Reales será la propuesta institucional para ociosos y locos. La asociación entre pobreza, depravación, irracionalidad, rebeldía o improductividad con locura vienen a esbozar las bases de un modelo de producción económico que defiende la tesis de la reclusión por su bien, es decir, el encierro como medicina, como parte de un tratamiento necesario.

Ya entrado el siglo XIX, la traducción de las obras de autores como Pinel y Esquirol, así como las noticias de la construcción de manicomios y modelos carcelarios como el Panóptico, impulsan a los gobiernos sucesivos de nuestro país a proponer la realización de estadísticas de locos (como la de 1848, en la que se cuentan más de siete mil) y a inaugurar manicomios como el de Santa Isabel en Leganés o el de Nueva Belén, destinados a dementes de cierta posición económica.

Mientras que los primeros alienistas españoles indagan en el conocimiento de los caracteres biológicos de las personas, los higienistas se dedican a establecer relaciones entre algunas de las causas de las deficiencias físicas con un determinado modo de vida. Entre los más destacados de aquellos primeros, Mariano Cubí (seguidor de Gall) y Pedro Mata, referente principal de los alienistas más populares de finales de siglo. Entre los segundos, autores como Méndez Álvaro, que hablan largo y tendido del reordenamiento urbano, de la construcción de nuevas casas según innovadoras fórmulas, y de la instalación en ellas de los avances tecnológicos más modernos de su tiempo.

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