Los delincuentes habituales a finales del siglo XIX


La novela picaresca española está notablemente poblada de pilluelos que cometen sus fechorías gracias a su agilidad y a su afán de supervivencia. Las narraciones extraordinarias sobre bandoleros y salteadores de caminos, que aprovechan las malas comunicaciones terrestres para robar a los viajeros, han sido siempre un referente habitual en la cultura popular de nuestro país. El desarrollo del ferrocarril, las colonizaciones interiores y la creación de la Guardia Civil en 1845, son el principio del fin para los distintos grupos organizados de bandoleros que ejercen su profesión a lo largo y ancho de la geografía española. Pero su desaparición va unida irremediablemente a su transformación, es decir, no se trata del fin del delito, sino del de su repertorio característico. Los delincuentes habituales, que profesionalizan su metodología, se adaptan a las nuevas circunstancias de la sociedad en cuyos márgenes conviven. Por ello, cuando se comienzan a producir de forma masiva flujos migratorios del campo a la ciudad, cuando Madrid o Barcelona, junto a otras ciudades, dejan de ser pueblos para convertirse en modernas ciudades industriales, los delincuentes habituales entienden que su supervivencia sólo pasa por la adaptación a los nuevos escenarios, lo cual obliga necesariamente a un cambio en las fórmulas o métodos de actividad. La Restauración española es fiel testigo de esas transformaciones. Del bandolero se pasa al golfo. De Rinconete y Cortadillo de Cervantes a La lucha por la vida de Baroja.

El ladrón de ciudad, en sus distintas vertientes, entiende muy rápidamente que la impunidad con la que se actuaba en los descampados de los caminos que unían Madrid y Andalucía, por ejemplo, ha desaparecido, y que no se puede permitir exceso alguno por la mayor concentración de población, porque pueden verle en definitiva, ya que los testigos han dejado de ser únicamente las víctimas. La consecuencia positiva de todo ello es que la violencia, que a veces era completamente innecesaria, disminuye notablemente para dar paso a una creciente profesionalización, al desarrollo de las técnicas clásicas de los pilluelos de la Picaresca, que conlleva el aprendizaje y la construcción de una auténtica jerarquía que comienza con los más jóvenes, de unos delitos menores a otros mayores, como en una carrera profesional. Como decía Gil Maestre, “los criminales (…) si circunscriben muy pocas veces a la clase en que dieron comienzo a su azarosa carrera; continúan en ella ascendiendo, por decirlo así, y ejercitando cuantos procedimientos les son dados. El que comenzó como Randa, o como Descuidero, suele funcionar después como Copista, y acude no pocas veces a la espada”[1].

La cuantificación de los delitos contra la propiedad en la España de la Restauración es tarea imposible. Podría hacerse en base a datos penitenciarios, pero sus deficiencias eliminan toda rigurosidad. Peor aún hacerla en base a estadísticas derivadas de las actuaciones de la Policía o la Guardia Civil, porque no sólo no todos los delitos que se cometen son resueltos o acaban en una detención, sino que buena parte de ellos ni siquiera son denunciados o conocidos.

El crimen, entendiendo su forma violenta en este caso (el asesinato, el homicidio) se aparta de forma radical de la delincuencia habitual, y así lo entienden los criminólogos del momento. Salvo en casos de robos que acaban en muerte o que implican muerte para obtener el éxito, me atrevería a decir que, como sucede en nuestro tiempo presente, más del 90% de los delitos que se cometen son realizados sin implicar un enfrentamiento personal sangriento entre víctima y asaltante. Además, los grandes criminales son tratados como otra cosa, y suelen actuar por otras motivaciones, como en los casos de violaciones, asesinatos en serie o actividades terroristas. El componente psicológico e incluso biológico cobra mayor importancia en la causa del acto. La necesidad de prestar mayor atención a lo social como causa de la delincuencia, por el contrario, obedece a la evidencia de que es la delincuencia habitual algo corregible, porque está condicionada por problemas sociales de más compleja solución, pero al tiempo, porque en definitiva son los que verdaderamente cobran una dimensión significativa en la percepción de inseguridad diaria de los ciudadanos.

Los intentos de describir esa fauna delincuente no son muy numerosos, pero sí suficientes como para dar cuenta de ellos en estas páginas, para comprender correctamente que frente a los grandes casos judiciales, la marea de la delincuencia obra día a día por las calles con métodos muy parecidos a los actuales, salvando las adaptaciones a las nuevas tecnologías, y por tanto, el parejo desarrollo de las técnicas de la delincuencia habitual al mundo en el que vive instalada.

Manuel Gil Maestre escribió dos trabajos sobre la delincuencia habitual en Barcelona y Madrid[2]. Este magistrado de la Audiencia de Gerona trató de elaborar unas descripciones muy pormenorizadas, a las que no faltase nada de nada de lo que su experiencia y su capacidad de análisis contemplaban por las calles de estas grandes ciudades. Pero a la riqueza de detalles acompañó un lenguaje en cierto modo apasionado que dificultaba la estructuración general de los tipos y subtipos de delincuentes. Cosa similar le ocurriría a Roberto Bueno, Jefe de un Cuerpo de Vigilancia policial que decide publicar en 1902 una obra titulada Piltrafas del arroyo, donde se desarrolla un intento de clasificación fruto de la propia experiencia personal. Pero por su elaboración y estructuración, por encima de estos dos autores se encuentra las explicaciones dadas por Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo en algunas de las páginas de su Mala vida en Madrid  de 1901, y por Rafael Salillas en su serie sobre El delincuente español de 1896 y 1898.

Pilluelos, granujas, randas, golfos, son distintos calificativos para el tipo del delincuente habitual genérico. Pero a ellos hay que añadirle el de la especialidad característica de cada uno, y para ello es preciso establecer una clasificación. Será suficiente con que podamos trazar un mapa de este conglomerado que conforman los distintos repertorios usados por los delincuentes habituales de la Restauración:

1)      Por un lado debemos distinguir a los delincuentes que obran por la fuerza, lo que los autores de La mala vida en Madrid llamaban coaccionistas. La acción agresiva puede serlo contra objetos o edificios, o sobre las personas, o sobre ambas a la vez. Igualmente, hay que incluir dentro de este grupo a aquellos que protegen las actividades de instituciones prohibidas, como casa de juego o de mancebía.

-               Los Atracadores: se trata de una variedad urbana del dronista, que conoceremos a continuación. Hablamos de un ciudadano que actúa en los núcleos poblados. La profesionalización del individuo o del grupo que lo conforman depende en buena medida del método que apliquen. Hay delincuentes a la ventura, que simplemente se esconden en un sitio determinado y el azar es el que elige a la víctima, en función de quien pase por aquel lugar. Pero también a la conocida, en la que hay un seguimiento previo de la víctima, que se escoge ya por unas circunstancias determinadas.

Aparte del frecuente uso de navajas de distintas características, en la Restauración española se popularizó también el uso del cloroformo o de distintos tipos de narcóticos, frecuente en los vagones de 1ª clase de los ferrocarriles. El delincuente o grupo de ellos planea activamente el asalto en algún núcleo urbano, generalmente el de salida, y aborda a sus víctimas entre unas estaciones y otras, aprovechando los trayectos nocturnos. Para los anales de la historia de la crónica negra de nuestro país quedó el Crimen del expreso de Andalucía, inmortalizado por el Museo de Cera de Madrid, donde se pretendía usar este método inicialmente, pero que acabó con la vida de las dos víctimas, y con la sentencia a muerte de tres de los implicados[3].

El uso de la pápira o carta amenazante también se hace usual en las ciudades españolas a finales del XIX. El atracador advierte a su víctima, ya no con palabras, sino con un cartel o con unas breves líneas, que si no hace lo que le pide pagará las consecuencias.

Uno de los más frecuentes es el del robo en domicilios, usando generalmente la noche, y por distintos métodos, tal y como sucede en nuestro tiempo. Los atracadores podrían hacerse pasar por alguien conocido o de interés de la víctima que, tras abrirles la puerta, era asaltada. Otro método era el descuido, tras dejarse alguna ventana abierta durante la noche. El más violento pasaba por romper directamente la puerta para abordar el interior de la casa, ignorando el ruido que se forma y que podía delatarles.

Entre los más curiosos está el atracador que prefiere el método del escándalo. El procedimiento era el siguiente: en plena calle, en una zona de la ciudad concurrida, el atracador coge a una mujer determinada y comienza a golpearla, al tiempo que la insulta y la achaca una infidelidad amorosa, como si fuera su pareja. En los forcejeos, la desvalija. La víctima, golpeada en suelo, no es capaz de explicar a quienes miran atónitos el suceso, que no conoce de nada al atracador. Entre la confusión, el gancho se agrupa en los corrillos de gente para dar fe de lo que dice el supuesto marido engañado: que ella es una mala mujer y que ha hecho mucho daño a su pobre marido.

-               Los Dronistas: Dron es una palabra que procede del griego, y significa camino o carretera. Son los atracadores que aún sobreviven en los despoblados, herederos de los bandoleros. Las casas de los pueblos o los caminantes eran sus víctimas preferidas. Buscaban  no hacer demasiado ruido, para evitar que la Guardia Civil advirtiese el suceso demasiado pronto. Por eso usaban el cotú, un arma blanca, a pesar de ir provistos generalmente de escopetas, de las que sólo se hacía uso en caso de emergencia o de persecución policial. Sobre este subtipo delincuente, se recitaba un pequeño poema:
Para sicobar un mague,
Tres cosas son menester:
Una pusca y un buen gras
Y tenelar buenos angles[4].


-               Cuando la violencia se empleaba a priori únicamente contra las cosas, podíamos encontrarnos con todo un elenco de delincuentes habituales especializados en determinados instrumentos coercitivos. El más genérico era el Espadista, que usaba llaves falsas para entrar en las viviendas o tiendas ajenas. Normalmente solía estar acompañado de un Santero, individuo que avisa al espadista cuándo debe entrar a la vivienda o tienda porque ha realizado un seguimiento previo que le permite saber si se encuentra vacía, y el conocido como el Tapia, que no es sino un informador que se queda vigilando mientras se consuma el robo. El uso de las espasas, llaves, requiere de la organización y especialización de un profesional, y se diferencia del Copista precisamente en todo el proceso de elaboración previo. El copista llega a la casa, llama, y si no contestan, la asalta.

El santero, es para Roberto Bueno “cobarde, ingrato y traidor”[5], porque no forma parte activa del robo, porque escoge a la víctima entre conocidos a los que suele deber favores o dinero, y porque vende la información de esta persona a cambio de un pequeño botín. Criados, vendedores ambulantes, mendigos son, por sus labores habituales, los más indicados para ejercer esa segunda profesión.

En el mismo grupo que Espadistas Copistas están los Minadores, Ratoneros y Alcantarilleros, que hacían agujeros para entrar hasta las casas o tiendas (lo común era el asalto a las joyerías, tal y como sucede en nuestro tiempo, con el procedimiento del butrón) y en el que era necesaria la dirección de un “ingeniero” de obra que actuara conjuntamente con los picadores, de menor escala y que se llevaban una parte acordada del botín. Para Gil Maestre, estamos ante “científicos”que frecuentan la buena sociedad, elegantes y entendidos[6]. Los Palanqueteros, a su vez, solían ser más descuidados y no atendían lo suficiente al excesivo ruido que generaban. Salvo excepciones, solían huir al verse en peligro evitando el enfrentamiento personal con la víctima. Los Escalistas, antiguos palquistas, eran, como su propio nombre indica, habilidosos escaladores que se encaramaban en las fachadas para asaltar forzando alguna ventana los interiores de las viviendas. 

Los cuatreros suelen ser, para Roberto Bueno, principalmente gitanos que viven en los campos, y que roban ganado o reservas en cortijos o casas de labranza. Sus contactos en las ciudades les permiten deshacerse del material con prontitud, recibiendo por ello el dinero acordado.

-        Los Guapos, protectores de Instituciones prohibidas, tales como casas de mancebía o de juego, son definidos por Salillas como “los que se valen de su imperio, caracterizado en su fuerza y su osadía, para obtener un tributo de una industria moral o inmoral”[7]Su nombre lo reciben de una exageración de su valentía y no de una supuesta belleza física. Se trataría de lo que hoy denominamos como Chulo Proxeneta.

2)      El otro gran grupo de delincuentes habituales lo conforman los habilidosos o artificiosos, es decir, aquellos que no emplean para el robo ningún tipo de coacción física, ni contra personas, ni contra objetos. Los autores de La mala vida en Madrid distinguían además entre quienes utilizan su habilidad de forma orgánica (los tomadores principalmente), y quienes emplean la habilidad psíquica (timadores). Vayamos por partes:

-        Los Tomadores: Se trata de la clase más habitual de delincuentes. Reciben su nombre, porque toman lo que no es suyo, pero generalmente aprovechando el descuido ajeno. Es decir, el objetivo es ser lo suficientemente habilidoso como para que la víctima no sea consciente del hecho hasta un tiempo después de cometido, el justo y necesario para desaparecer. “La maldad en ellos es incipiente –dirá Gil Maestre- nacida del vicio y por el vicio sustentada, pero la observación científica y el escalpelo del moralista o sociólogo, descubren todavía nobles sentimientos, honradas aspiraciones, y algunas de las ideas que inspiradas en la niñez se borran lentamente y con dificultad, y que, fomentadas a tiempo no dejarían crecer al criminal y salvarían al hombre”[8]. En efecto, el tomador, más desorganizado que otros, suele ser joven y delimitar su campo espacial de actuación a una zona bien conocida por él. A medida que adquiere esa habilidad, a medida que la aprende en definitiva, amplia su campo espacial y deambula a sus anchas por las calles, esperando el momento adecuado, observando todos los movimientos de su alrededor. La oportunidad surge y entonces el tomador actúa, desapareciendo de inmediato. Pero como se decía en la cita de Gil Maestre, el tomador es un delincuente recuperable, corregible, justo en el momento en que comienza a hablarse de la necesidad de abrir centro de reforma juveniles en nuestro país. El paso del tiempo y la profesionalización de la actividad, harán que cada vez sea más dificultoso volver atrás y empezar de nuevo, lejos del mundo criminal.

         Martín Turrado nos habla del carterista Federico Laveruy[9], con una noticia de la revista La policía española, donde se da cuenta de su detención en San Lorenzo de El Escorial. Su habilidad, y la apertura de su campo de actuación a prácticamente todo el territorio nacional, así como su supuesta pertenencia a la llamada “banda internacional”, lo cual implicaba un correcto conocimiento de idiomas, le hace destacar con respecto al delincuente habitual. Su mejor trabajo, el robo de la cartera de Eduardo Gullón, Diputado y antiguo Secretario del Congreso. Por el contrario, bien pudo padecer la arbitrariedad e ineficacia policial, dado que se le atribuían robos al tiempo en Valencia, Madrid o Barcelona. Así que al incremento de su fama también debió acompañar un numeroso creciente de acusaciones falsas.

El ejemplo de tomador clásico es el conocido como Tomador del Dos. Recibe este nombre porque emplea dos dedos, el pulgar y el índice, y porque actúa en lugares necesariamente muy poblados, donde la mano ladrona no sea vista, pase desapercibida, y donde las vías de escape rebajen los riesgos de ser descubierto. De su habilidad depende que la víctima no se dé cuenta en absoluto de la sustracción hasta que vaya a echar mano de la propiedad perdida. Los más jóvenes, los que se inician en este mundo, tomaban la especialidad conocida como del safista, es decir, dedicado por entero a robar pañuelos. Con el aprendizaje de la profesión se pasaba al ejemplo más clásico, el carterista.

Frente a la actividad e implicación del tomador clásico, está el Descuidero, sujeto pasivo que espera la ocasión, producto de un despiste de la víctima y no tanto de la habilidad propia. Una modalidad del ladrón que usa este método es el del Buscador de sornas, que aprovecha las siestas ajenas para robar lo que se pueda a la víctima.

Las variedades en los métodos empleados por los tomadores son numerosas. Pondremos algunos ejemplos clásicos: junto al tomador del dos, solía actuar por las calles españolas el conocido como tomador del encuentro, que chocaba conscientemente con la víctima para, aprovechando el golpe aparentemente fortuito, sustraerle la cartera o el reloj.

Las mujeres conformaban una parte notable del grupo de tomadores de nuestras ciudades. Uno de sus métodos más peculiares era el del registro de la teta, en el que un hombre era seducido por la tomadora que, enseñándole uno de sus pechos, entre caricia y caricia le sustraía el dinero que portaba. El hombre, contento por haber seducido a una mujer, ignoraba que había sido producto de un elaborado atraco. Uno de los casos más conocidos fue el de la Concha del Granao[10].

Los mecheros actuaban en comercios. Su método es descrito de la siguiente manera: “el mechero penetra en una tienda, correcto y elegante, a elegir boquillas para cigarros. Deja el paraguas sostenido en pie junto al mostrador, y comienza a examinar unas y otras. Entretanto, hace caer algunas, que van a ocultarse en el fondo del paraguas. En un momento convenido, el consorte, provisto también de su paraguas, entra en el establecimiento preguntando el precio de un objeto que ha visto en el escaparate, o dirigiendo otra pregunta de breve respuesta. Aquel momento le aprovecha el consorte para verificar un cambio de paraguas. Deja el vacío, toma el que está cargado, y hete aquí concluido el hurto”[11].

Las variantes a este método son numerosas. Las mujeres, al usar más frecuentemente ropas anchas, se convierten en habituales del procedimiento de la mecha. Las conocidas como mecheras o tejeras guardan los objetos debajo de las faldas, donde han construido un bolsillo amplio, al que se llamaba buitrón por la finalidad de su cometido, parecido al calificativo que se le daba a la expresión ser un buitre.

Bichear era algo muy parecido a mechear. Tanto, que apenas los investigadores del momento saben apreciar diferencias entre ambos. El bicheador era un hurtador de joyas que aprovechaba igualmente los descuidos del joyero, pero que se especializaba en las piedras preciosas desmontadas.

Algunas prostitutas usaban el método del gato, por la que mientras una cumplía un servicio con el cliente, la otra aprovechaba para desvalijarle lo que de valor pudieran contener los bolsillos de sus ropas. Frecuente en casas de mancebía, también era llevado a la práctica en parques o parajes poco frecuentados de la vía pública, en una prolongación del ya explicado como del registro de la teta.

El tomador de la mui y el tomador del cambiazo tenían como escenario los comercios, donde solían pedir numerosos productos para, a continuación, esconderlos debajo de la lengua en el caso del primero, y cambiar el producto real por uno falso en el del segundo. El cambiazo se daba sobre todo en joyerías, donde el tomador entraba provisto de joyas falsas, para cambiarlas por las auténticas en algún descuido del comerciante.

Tomadores del tirón o del atraque, así como Empalmadotes tomadores del cambiazo, más parecidos a los timadores, completan en buena medida este grupo de ladrones, junto a la variante catalana, conocida como Liladors, descuideros también, que complementan su trabajo quitando las aves que se posan en los terrados, con el de coger ropa u otros objetos ajenos.

-                                 Los falsificadores: Vicente Bayguén Moreno fue detenido el 8 de enero de 1898[12], tras una operación dirigida por el Inspector Bel. Célebre falsificador, se había ganado reconocimiento en el mundo de la delincuencia porque en 1890 había llegado al presidio de Zaragoza disfrazado de Guardia Civil, con una orden de poner en libertad a un preso determinado, consiguiendo sacarle del centro sin que nadie sospechara nada. A partir de ahí, el mundo de los negocios, de las letras, bonos, bancas, etc. se convierten en su ambiente habitual, como sucede igualmente con la mayor parte de los falsificadores que operan en la España de la Restauración.

La moral social y profesional muestra aún poca repugnancia a estas acciones”[13] se dice en La mala vida en Madrid. El mundo de la falsificación de moneda y de billetes, así como los negociantes y expendedores fraudulentos, no estaba desarrollado en España al nivel que en otros países europeos, o al menos, de existir, no fueron conocidos o interpretados convenientemente por los investigadores sociales y cronistas de la época. Existía la corrupción, consustancial al poder político, y el delito de fraude económico mediante falsificación sería algo habitual, cotidiano. Pero dado que “el fraude y la mentira intervienen en todas las relaciones de la vida (…) Nuestro falsificadores son, fundamentalmente iguales a nuestros comerciantes e industriales que falsifican y adulteran todo producto de marca”[14]y, por tanto, aparentemente para aquellos  cronistas, debía de ser un oscuro delito de difícil descripción por enmarcarse en el complejo y creciente sistema capitalista, donde, para colmo, el análisis de los sujetos delincuentes no dejaban entrever ni estigmas físicos ni ningún rasgo identificativo de los paradigmas defendidos por aquellos años, que vinculaban directamente a pobres y delincuentes. Donde aquellos autores veían falta de repugnancia social, lo que había era ausencia de visibilidad. Donde sólo querían encontrar llaves mágicas para explicar las deficiencias sociales y anormalidades de los delincuentes habituales y de los más peligrosos criminales, estaba la completa normalidad que hacía que la delincuencia, en sus distintas formas, estuviera presente sociedad tras sociedad, Estado tras Estado, da igual el tiempo social al que se hiciera referencia.

-        Los Estafadores y los Timadores: se trata de la clase más peculiar e ingeniosa del maremagno compuesto por el delito de la propiedad en la España de la época. La controversia sobre su origen está muy presente, ya que algunos autores datan los clásicos timos desde el siglo XVI, mientras que otros manifiestan lo siguiente: “el timo, finibusterre de la delincuencia, es de invención moderna y genuinamente madrileña”[15]Será Rafael Salillas quien camine entre ambas posturas, hablando de los clásicos timos de la novela picaresca, pero defendiendo que se trata de una moderna y urbana adaptación de aquellos que se desarrollaban entonces[16].

         El timo requiere una compleja elaboración, en la que interviene no sólo el timador y el gancho, que escoge a la víctima, sino también otro compañero vigilante y atento a que el primo, nombre con el que se populariza a la víctima, no se dé cuenta de nada, a la par que evita el acercamiento de otras personas que pongan en cuestión la acción. Se trata de un engaño psicológico, que tiene por objeto que el primo entregue generalmente un dinero de forma voluntaria, con el anhelo de realizar una buena operación. En la mayor parte de las ocasiones pasa por adelantar dinero, pero éste nunca se recupera.

         Uno de los más significativos era el Timo de la Carta, en sus distintas variantes. Una de ellas la realizaba un preso desde la propia cárcel. Ayudado por un amigo, que la dejaba caer voluntariamente en medio de una calle cualquiera, en ella se pedía una cantidad significativa a quien la leyera, para salir de la cárcel, donde podría compartir un dinero escondido de alguna hazaña anterior. Parecido solía ocurrir con las cartas enviadas por enterradores a personas notables, donde se recurría al alma caritativa de estas para poder enterrar a muertos pobres, que ni siquiera tenían sepultura.

         El Timo de la Flima era de los más habituales. El gancho se encontraba una joya, habitualmente, delante de la víctima. Al poco tiempo, otro timador, tratante de joyas, hacía acto de presencia en la pequeña obra de teatro para dar cuenta de lo valioso de la joya encontrada. Quien se la había encontrado quería desembarazarse de ella aún perdiendo dinero, por alguna causa relacionada con salir de viaje normalmente, y el primo creía encontrarse ante una buena oportunidad de hacer negocio fácil.

         Parecido a éste era el Timo del Cuadro, que se llevaba dentro de algunos comercios, donde alguien, apresurado, pedía al tendero que guardara un cuadro un par de días. Otro, muy interesado en él, ofrecía una gran cantidad de dinero. El comerciante se lo compraba al primero para vendérselo al segundo. Como no podía ser de otro modo, el primero y el segundo eran colaboradores que acababan de timar al individuo, cegado por la posibilidad del negocio rápido. El Timo por lo ful, por ejemplo, seguía de nuevo criterios muy parecidos.

         Los comerciantes eran objeto preferente de los timos habituales de los ingeniosos delincuentes. Algunos, por su complejidad, como el Timo en las Fondas, el Timo de la Ostra o El Timo del curda, con sus distintas variantes como la francesa, la portuguesa o la del gallego, cuesta creer que efectivamente tuvieran éxito. El Timo de la Guitarra, de los más antiguos, consistía en hacer creer al primo que se había inventado una máquina para hacer dinero, que imitaba la forma del instrumento musical. Negocio seguro para quien acababa, como no podía ser de otra manera, perdiendo su dinero.

         Las calles de las grandes ciudades se complementaban con timadores disfrazados de adivinos, de supuestos alcohólicos, de negociantes de alto poder adquisitivo, de Policías o Guardias Civiles que retenían a extranjeros y les dejaban libres a cambio de importantes sumas de dinero, o que esperaban pacientemente la llegada en barco de los perdedores soldados de la Guerra de Cuba, para acabar por expropiarles las pocas pertenencias que les quedaban[17], etc. Cualquiera, en definitiva, podía estar esperando en un rincón al azar de Madrid, Valencia, Bilbao o Barcelona, para tratar de engañar a otro de un supuesto negocio, lo que algo nos debe de decir sobre el clima socioeconómico que se respiraba en la España de la Restauración, donde la promesa de un buen negocio, de enriquecerse fácil y, si era necesario, ilícitamente, llevaba a cientos de personas de todas las ciudades españolas a caer en la trampa.

         El Timo del empleo, el Timo del ovillo, el Timo del casorio, el Timo del sobre o el Timo de la caridad son otras modalidades que, siguiendo las mismas pautas, acaban de completar el conglomerado de posibles estafas que se han resumido anteriormente.
        
         Una variante de los estafadores, es la ejercida por los denominados pimpis gaditanos, que se valen de la coba, y que nunca usan ningún tipo de violenta o coacción física contra sus víctimas. Acogiendo a los viajeros en sus casas, su habilidad y su extrema cortesía les lleva a conocer pronto quienes son los que traen fortuna desde América. La presencia de un inspector que simula el mal trato al pimpi, y el registro de los equipajes de los viajeros devienen en la estafa.

A modo de conclusión, cabe precisar que, evidentemente, no todas las variantes de la delincuencia habitual española que se puede encontrar en el último cuarto de siglo XIX y en el primero del XX, están en las líneas presentadas con anterioridad. El objeto de este breve capítulo era trazar un mapa donde encontrar qué clase de delincuentes habituales merodeaban las calles, pero sería tarea ardua, y creo que ciertamente aburrida, tratar de recopilar todos y cada uno de los repertorios utilizados por el heterogéneo grupo de delincuentes habituales, algunos de ellos auténticos científicos del desarrollo de la picaresca española.

Siempre con un delito como común denominador: la usurpación de la propiedad, que es una de las grandes preocupaciones de la burguesía triunfante con la Ilustración. Esto no significa que antes este tipo de delito no estuviera presente. Lo estaba en otras etapas históricas, con otros medios de producción, pero se producían según su contexto. La atención a la propiedad privada en pleno desarrollo capitalista era sin duda un pilar sobre el que construir la sustentación de los privilegios económicos que generaban a los grupos dominantes. Y eso había que defenderlo, y en todo caso descalificarlo. Los medios de defensa fueron la represión policial y las cárceles, conjuntamente con los benévolos sueños de reforma. La cárcel por su bien para el pobre, que era la carne de cañón de presidios y reformatorios. Muchos delincuentes para un solo delito, en sus distintas formas, según las determinadas por el Código Penal de 1870. Delincuentes habituales que se profesionalizaban y, por tanto, que aprendían un oficio que ejercían con cierta asiduidad.



[1] GIL MAESTRE, M, (1889). Los malhechores en Madrid. Microfilmado en BNE. Pág. XI.
[2] La criminalidad en Barcelona y en las grandes poblaciones, publicado en Barcelona en 1886, y los malhechores en Madrid, publicado posteriormente en Madrid, en el año1889.
[3] Comentado por JIMÉNEZ DE ASÚA, Luis. (1929). Crónica del crimen. Ediciones de Historia Nueva. Madrid. Pág. 7-49.
[4] La traducción podría ser algo parecido a lo siguiente: para realizar un buen robo, se necesitan tres cosas: una escopeta, un buen caballo, y tener mucho valor. Tomado de BERNALDO DE QUIRÓS, C.; LLANAS AGUILANIEDO, J. Mª (1998, reedición de 1901). La mala vida en Madrid. Estudio Psicosociológico con dibujos y fotografías del natural. Instituto de Estudios Altoaragoneses. Egido Editorial. Huesca. Pág. 143-144.
[5] BUENO, R. (1902). Piltrafas del arroyo. Librería de Leopoldo Martínez. Madrid. Pág. 145.
[6] GIL MAESTRE, 1886,  127.
[7] SALILLAS, Rafael (1898). El delincuente español. El Hampa. Librería de Victoriano Suárez. Madrid. Pág. 514.

[8] GIL MAESTRE, 1889, 42.
[9] TURRADO VIDAL, M. (2001). Policía y delincuencia a finales del siglo XIX. Servicio de Publicaciones del Ministerio del Interior. Editorial Dykinson. Madrid. Pág. 219.
[10] BERNALDO DE QUIRÓS y LLANAS AGUILANIEDO, 1901, 158.
[11] BERNALDO DE QUIRÓS y LLANAS AGUILANIEDO, 1901, 161.
[12] En TURRADO VIDAL, 2001, 218.
[13] BERNALDO DE QUIRÓS y LLANAS AGUILANIEDO, 1901, 163.
[14] BERNALDO DE QUIRÓS y LLANAS AGUILANIEDO, 1901, 163.
[15] BERNALDO DE QUIRÓS y LLANAS AGUILANIEDO, 1901, 164.
[16] Ver EL HAMPA, de Salillas, 1898.
[17] El curioso caso de este desamparado grupo de víctimas, es analizado por TURRADO VIDAL, 2001, 220-223.

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