EL ABUELO DEL SEMÁFORO

La primera vez que le vi, llovía a cántaros. Comenzaba a anochecer. Parado en el semáforo, me fijé en su aspecto. Llevaba playeras cómodas, con suela acolchada, de quinceañero. Sin embargo, rondaría los ochenta años. La chaqueta tal vez le protegiese lo suficiente del frío, pero estaba completamente calada. Hacía esfuerzos porque los pañuelos que ofrecía no se empapasen. Los protegía como podía, pero con poco éxito. Busqué en mi cartera, saqué un euro y bajé la ventanilla. El semáforo se puso en verde y el coche de atrás me pitó de forma insistente. Tenía prisa, al parecer. No le maté, solo hice oídos sordos y esperé a que llegara con su andar cansado hasta mi altura. Bajé la ventanilla, rechacé los pañuelos y me lo agradeció.

Durante varios meses le vi casi una vez a la semana, incluso en  los peores días de frío. Siempre hacía lo mismo. Le entregaba un euro y rechazaba esos pañuelos. Él sonreía. Se le iluminaba el rostro. Hablaba bien, era educado, pero parecía tenso, como si fuera a explotar. En cada trayecto, después de verle, maldecí a a los que se pasan el día discutiendo sobre cómo solucionar esto, anteponiendo siglas y egos a la vida de la gente. 

Una vez, resbaló con el hielo al bajar del bordillo. Nos bajamos dos personas, una chica de unos veinte años y yo. Se había hecho daño en el tobillo aunque aseguraba estar bien. Segundos después, se puso el semáforo. La chica abandonó el lugar. Yo regresé a mi coche con paciencia. Comenzaban los pitos. Entré, puse los cuatro intermitentes y me despreocupé, sentándome de nuevo al lado del anciano. Él ignoró los insultos que me dedicaron. Yo decidí hacer lo mismo. Entonces, hablamos:

  • Te voy a llevar a un centro de salud para que te miren ese tobillo.
  • No pasa nada, se me pasará enseguida. No se preocupe, de verdad. 
  • Hágame el favor de dejarse ayudar. Es necesario que se lo vean. Si no llevara esas playeras, tendría un buen esguince. 
  • Me las regaló mi nieto. 
  • ¿Tiene Usted un nieto? -Le saqué una sonrisa con aquella pregunta.
  • Sí. Es un demonio. Tiene 14 años y ya me saca un palmo de altura. Ahora me valen hasta sus zapatos.
Se hizo el silencio. Parecía ya convencido de que debía acudir. Yo creo que quería llorar porque no podía reprimir el dolor, pero no se atrevía a pedirlo. Decidí preguntarle lo que me rondaba por la cabeza.
  • ¿Por qué pide, señor? ¿No tiene pensión? ¿No le llega? Es muy duro estar aquí, imagino. Habrá trabajado toda la vida...
  • No lo necesito. No necesito el dinero que gano. Tengo pensión, muy baja, pero me llega para comer y pagar la luz. Poco más, pero suficiente. 
  • ¿Entonces?
Se le humedecieron los ojos.
  • Es mi hija. Perdió el trabajo, tiene a mi nieto, del que le hablé. Cobra el mínimo paro, pronto se le acabará. Anda buscando trabajo. Se licenció en Historia, fíjese. Y se le torció todo. Con la pareja primero, con el trabajo después. 
  • ¿Pide para ella?
  • Ella no sabe que estoy aquí. Ella no puede saberlo. Yo la doy trescientos euros al mes, lo que ganó más o menos aquí, para ayudarla con los gastos del niño. Come como un diablo. Y tiene que estudiar. 
Fue como si me hubiesen echado un saco de arena en el paladar. Aceptó venir conmigo. Vivía en la otra punta de Madrid, precisamente para evitar que su hija le viese un día y averiguase de dónde sacaba su padre el dinero con el que le ayudaba a subsistir. En el centro de salud le atendieron bien. Durante unos días, no podría salir a ganar ese dinero. Quise darle lo que llevaba encima para suplir esa baja laboral sin derecho a paga. No lo aceptó de ningún modo. Me lo agradeció aunque tampoco me dejó que le llevara a casa. Se perdió, cojeando, apoyando sobre la barandilla, mientras bajaba las escaleras de una boca de metro del barrio de Vallecas.

Yo pensé en los coches que me pitaban, en el amor de un padre hacia su hija y hacia su nieto por encima del cansancio, del pudor, de todo. Y en todos y cada uno de los que no se dan cuenta que evitar estas situaciones es el único objetivo, que nuestro voto y nuestras acciones en la calle no pueden estar encaminadas en otra dirección. Que nada hay más importante, en definitiva.

Ya en casa, abrí la nevera y cogí un refresco. Todo me pareció tan sencillo, que me puse a llorar.


Comentarios

  1. Me recordó a mi papá de 71 años en una Venezuela donde se violaban todos los derechos... trabajó hasta esa edad sin jamás recibir pensión. Hoy, mi mamá y muchos otros como ella han corrido con mejor suerte... la lista de pensionados aumenta cada mes, y muchos de los que se hacian con ese dinero que hoy reivindica a nuestros abuelos, andan haciendo lo imposible porque Venezuela vuelva atrás, pero no, más nunca volverán.

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  2. Precioso, aunque terrible.

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  3. El psicólogo me ha prohibido entrar en tu blog porque siempre salgo llorando.

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  4. A veces, necesitamos morfina para el alma.

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