EN LA CAFETERÍA DE UN IMPROVISADO TANATORIO

En la cafetería de un improvisado tanatorio, varios poderosos que en público se declaran enemigos, toman ginebra y acuerdan cómo dejar todo atado y bien atado. Primero han besado a los hijos; después han lamentado que la memoria y la mala salud se hayan cebado con una familia ejemplar; a continuación han lanzado loas al difunto; y, por último, se han retirado a aquel reservado para tomar posiciones. 

Un ejército de hombres de corbata y gafas de sol, neutros, aspirantes a grandezas ridículas, rodean la pequeña mesa en la que los jefes de los partidos políticos mayoritarios, en representación de sus clientes y de otros poderes del Estado, llegan a puntos en común para que la Transición siga siendo sacra, para que todo lo que emana de ella sea vestido con el traje de luces, y para que nada, absolutamente nada, pueda interrumpir el rugido de los dos leones que aguardan en la escalinata exterior.

Solo queda uno por morir. Es el Rey y lo saben. Les preocupa porque está viejo y dice necedades. Cualquier cosa que se publique de él y del resto les puede entorpecer. Por eso han apartado a su hijo, para que salga indemne de todos y cada uno de los disparates que se van conociendo. La monarquía es fundamental para conservar sus privilegios. Saben que no es discutible, que la República se asocia a la izquierda, que nadie en su sano juicio saldría a reclamarla con la bandera rojigualda, porque eso sí les generaría problemas. Saben que la rojigualda genera recelos en la izquierda, y que sus estómagos están bien alimentados. Son escrupulosos con los colores, anteponen sus egos, se pierden en batallas internas, antes de formar un bloque unitario. Todo son divisiones y así es muy fácil obviarlos. 

Además, saben que mientras haya monarquía, la iglesia mantendrá su posición. Que mientras haya Ley Electoral, será muy difícil que otros escalen para ponerles en riesgo. Que nadie se pregunta por qué ningún español menor de 50 y pico años pudo votar la Constitución. Que el desafío catalán refuerza la postura que mantienen en el resto de España, que mientras que se hablan de patrias, la gente descuida la comida de su nevera. Saben que la desaparición de ETA es un inconveniente que la burguesía catalana ha venido a suplir de un modo eficiente, y que eso nada tiene que ver con legítimos sentimientos identitarios. Saben que tienen que agotar el ciclo. Porque son conscientes que son ellos, y solo ellos los que llevan copando los puestos de responsabilidad de este país en los últimos 40 años. Han repartido una gran tarta durante casi cuatro décadas y ahora quieren dejar todo el pescado vendido.

Lo llaman convergencia, concordia, reconciliación, lo que quieran. Lo dicen una vez y todos los medios de comunicación lo repiten. Saben cómo hacerlo. Si salen un millón de personas a la calle, hablaremos de violencia. Si no hay violencia, generaremos violencia. No es difícil. Nada nuevo. Tenemos experiencia suficiente. Hay coincidencias caprichosas. Marchas de la Dignidad el día de la muerte del hacedor de la gran mentira. Pero solo conviene hablar del cambio de nombre de un aeropuerto y de policías. 

No han olvidado invitar a comer a los grandes representantes de los sindicatos mayoritarios. Ellos saben estar siempre que se les necesita. Sentido de Estado, lo llaman. 

En la cafetería de un improvisado tanatorio entierran a un muerto, pero acuerdan cómo seguir maniatando los derechos de todos los demás. No por maldad, ni tan siquiera por ideología. Solo por mantener lo que creen que les pertenece. Los niños de España son ya los segundos más pobres de Europa, pero no importa porque no son sus hijos, y porque han quemado un contenedor de basura en algún lugar.

Se levanta la sesión, dice un poderoso entre bromas. Salen del congreso y el muerto se queda dentro. Desde la ventanilla del coche oficial, el poderoso observa cómo a las puertas, centenares de ciudadanos aguardan cola para rendir su pequeño tributo, para presentar sus respetos al difunto. 

"¿Lo ves? Todo sigue en su sitio" comenta a su asesor.  

Comentarios

  1. ¿En serio has perdido el tiempo en semejante gilipollez, y molestas a los demás pretendiendo publicitarla?

    Dedícate a algo útil, no sé, como morirte y dejar de dar la tabarra al resto del mundo, puto imbécil.

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