HÉROES

Él tenía aún restos de sangre en la palma de sus manos. Cuando empezó todo, encontró a un compañero con un corte en la ceja. Taponó la herida con un viejo pañuelo y siguió corriendo. Ahora estaba acurrucado sobre aquella pared, solo, hambriento y con un fuerte dolor de cabeza. Le abrasaba un raspón sobre el costado y sentía que algo no encajaba bien en su hombro izquierdo. Reconocía un hematoma en su pierna y una hendidura en aquellos pantalones vaqueros que le regaló su madre en su último santo. Al encontrarlo, y mientras jugueteaba con su diámetro, pensó en ella, en su modo de ser tradicional, en su forma de amar incondicional, en lo preocupada que se sentiría en ese momento, sin saber dónde se encontraba su hijo. Sintió una fuerte congoja que hizo brotar una lágrima caprichosa por su mejilla, hasta perderse en la comisura de sus labios. Después pensó en que faltaría al trabajo, que perdería días de sueldo, que le resultaría más difícil llegar a fin de mes. Todo pareció ser un desastre de pronto. Entonces cerró los ojos.

Se abrió la puerta. Alguien empujó a una mujer dentro de aquel habitáculo oscuro. Cojeando, llegó hasta un rincón y apoyó su espalda contra la pared. Aún tenía la respiración entrecortada. Trataba de recobrar el aliento mientras se acariciaba el brazo derecho. Al descubrirlo, encontró un fuerte moratón que nacía sobre su codo y moría en su muñeca. Sentía un dolor persistente en su tobillo izquierdo que le recordaba a su adolescencia, cuando presumía de haber sufrido un esguince que le permitió que su vendaje atrajera la atención de los amigos durante un par de semanas. Y su pelo. Juraría que le habían arrancado de cuajo parte de su larga melena negra. Aún no llevaba allí el suficiente tiempo como para pensar en el miedo que estaría pasando su pareja, a quien perdió de vista durante la estampida. Aún no había valorado que a la mañana siguiente no podría acudir a esa entrevista de trabajo que había conseguido después de tanto tiempo intentándolo. Aún no había previsto qué explicaría a su padre, que siempre le advertía de que fuera con cuidado. Aún no había sentido ganas de llorar.

Fuera de la comisaría, varias decenas de personas pedían la liberación de los detenidos. La policía les pedía la documentación y ellos no paraban de gritar, con la ilusión de que ese aliento llegara hasta la celda en la que se encontraban los detenidos. 

Él y ella, un segundo después, consiguieron descubrirse en la penumbra. Se miraron. Y sonrieron. 

Él se levantó del suelo como pudo y se acercó hasta ella. Después, se abrazaron como dos hermanos que se reencuentran después de mucho tiempo; o tal vez como una pareja de novios que ansía demostrarse comprensión; quizás, como dos grandes amigos que omiten las palabras porque no resultan necesarias. Y como si la luz de ese instante de complicidad traspasara todas las puertas cerradas que les alejaban de la calle, una breve pero intensa ráfaga de viento sacudió a los que se solidarizaban a las puertas de la comisaría, haciendo que a uno de los agentes se le cayera de entre las manos el documento de identificación de uno de ellos.

Les habían detenido, sí. Habían caído derrotados, es cierto. 

Pero habían luchado con todo su corazón.
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Comentarios

  1. Emocionante...Me has sacudido con este breve texto. Es justamente lo que necesitamos: Ternura, solidaridad y no bajar los brazos. Me gustaría publicarla en kaos, si te parece avisame.
    Diana

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    1. No tengo problema, Diana, siempre que dejes el link como referencia. Me alegro de que te haya gustado.

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  2. Me puedes decir a que novela pertenece este texto? Gracias.

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    1. A ninguna novela. Al menos de momento. Un saludo, Juan.

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