LA OTRA ORILLA

Les miro desde la orilla. No enfoco bien sus rostros pero son ancianos. Semidesnudos, no distingo en ellos ni miedo ni dolor ni angustia. Son ocho en la barca. Reman como pueden siguiendo las órdenes de dos uniformados. Cuando llegan a la parte central del caudaloso río, un soldado les grita. Algunos parecen no escuchar. Otros se lanzan al agua para evitar ser golpeados. Los últimos son arrojados.

Tratan de mantenerse a flote. Uno parece no hacer esfuerzos por sobrevivir. Pronto desaparece. Entonces empieza el juego. Cada uniformado toma un remo distinto y golpea salvajemente las cabezas que asoman para tratar de mantenerse en la superficie. Intento captar gritos, pero no me llegan. Son lejanos. Hablan otro idioma. No me conmueven porque están lejos. A veces unas decenas de metros son, en realidad, todo un mundo.

En un par de minutos, han desaparecido. Todo es silencio. El agua queda en calma y los soldados vuelven a su orilla. Es aquella de allí. La otra. Todo ocurre siempre en la otra. Decenas de ancianos, niños, mujeres, hombres, esperan a subir a la barca para que empiece un nuevo juego.

Despierto. Me sudan las manos, la frente, la espalda. Me late fuertemente el corazón. Enciendo la televisión y abro mi nevera. Me hace falta leche. Semidesnatada, para cuidar el colesterol.

Hablan. Un locutor explica que estamos ante una terrible ola de frío en Europa. Hasta veinte grados centígrados. Imagino que me enseñaran blancas calles, niños haciendo muñecos de nieve, problemas en los aeropuertos, algún partido de fútbol suspendido. Pero esta vez no. Muestran un campo de refugiados europeo. Congelados. Niños muertos de frío. Barro. Hielo. Vallas. Uniformados. Están allí, en la otra orilla de mi televisor. No distingo sus rostros. No me conmueven porque están lejos. Nada va a impedir que esta tarde compre seis litros de leche semidesnatada de marca blanca. Mi vida es otra. Yo no tengo la culpa.

Salgo de casa abrigado, pero cuando piso la calle estoy semidesnudo. No siento frío. Camino silencioso y apesadumbrado por la avenida más ancha. En pocos minutos llego hasta el río. Estoy en el otro lado. Hay una larga fila y me toca esperar turno para subir a la barca. No distingo bien a la gente que curiosea desde la otra orilla. No me ven. O no quieren verme. No les conmuevo. No les doy pena. Les estorbo. Les incomodo. No les sirvo.

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