EN EL MONTE BELYOUNECH

En el monte Belyounech hay una gran fiesta. Entre la frondosa vegetación que asciende al Jebel Musa, un grupo de senegaleses y malienses conversan alegres y bailan en la oscuridad. Suena un viejo radio cassette a pilas con música tradicional que les lleva de vuelta a sus raíces. Cuentan sus experiencias, hablan de sus familias, de lo que han dejado atrás. Son LOS afortunados. Han llegado hasta allí tras un periplo por Malí, Mauritania o Argelia. Y han llegado vivos e incluso algunos han tenido la oportunidad de contárselo telefónicamente a sus familias.

Este es su Máster, la inversión de sus familias, el ahorro dentro de la precariedad, palabra occidental que no describe bien la privación al acceso a necesidades básicas de sus familias. Una buena cosecha de cacahuetes, tal vez, ha permitido reunir el dinero necesario para que el joven de la casa se lance al mundo a intentar ayudarles a todos.

Abajo queda el pueblo, donde muchos marroquíes duermen frente a sus playas de arena fina, para pasar a Ceuta a trabajar cada mañana. En las sombras, la policía, dispuesta a recogerlos para detener e identificarles a todos. En el mejor de los casos, una paliza. En el peor, les dejarán en el desierto para que mueran de hambre y sed. Así es el negocio. Así lo agradece el gobierno español, al otro lado de la valla de cualquier respeto a los derechos humanos.

Pero en el monte Belyounech hay una gran fiesta y no se teme a nada esta noche de cielo oscuro y nubes amenazantes. Porque han tomado una decisión y la celebran. Quieren VIVIR. Están dispuestos a conseguirlo. Y se miran. Y saben. Y lo que saben es que de aquel grupo que baila entre matorrales, algunos no conseguirán saltar la valla, quedarán malheridos y probablemente después sean golpeados y abandonados a su suerte. Otros, menos, caerán en el lado español, heridos, y serán deportados. Volverán a sus pueblos, con la inversión perdida y la esperanza de sus familias rota. Pero podrán contarlo, incluso volver a intentarlo tal vez. Y alguno (¿Quién? ¿Tú? ¿Él? ¿Por qué no yo?) llegará a España, a malvivir en la calle, sin documentación, sin derecho a atención médica, sin nada, y será ayudado por otros para trabajar vendiendo cualquier cosa en cualquier calle de cualquier ciudad, a merced de que, en cualquier momento, la policía se abalance contra ellos. Pero existe una posibilidad, al menos una, de que un día puedan enviar algo de dinero a sus familias desde allí.

La fiesta del monte Belyounech termina. Ha entrado la madrugada. Algunos rezan. Otros miran su vida entera en la oscuridad. Se hace un silencio espeso que nadie va a interrumpir. Ha llegado el momento. Tras los abrazos, tras las despedidas, toca correr hacia la valla. Cada paso es un disparo en una ruleta rusa. Pero también es un hermoso canto de amor a la vida, una guerra despiadada contra la sed y el hambre.

Porque no hay nada más humano que luchar por sobrevivir.




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