LA INVITADA

Dentro de una casa de adobe del campamento de Bojador, a las afueras de Tindouf, un hombre sirve té a sus invitadas mientras narra historias que describen la injusta situación de su pueblo. Todas escuchan atentas la necesidad de un referéndum, los distintos posicionamientos de los países vecinos y la influencia de los acontecimientos internacionales sobre la vida cotidiana de la población. Sin embargo, la gruesa y pausada voz del hombre se va difuminando en los oídos de una de las invitadas, que gira su rostro hacia una ventana que enseña cómo el viento mece la arena del desierto.

Fatu aprende rápido. Así se llama. No sabe español. A todo responde con un caluroso "Sí" que en realidad suena a "Sssssí" o a "Chí". No alcanza los cinco años de edad y va muy abrigada para los treinta grados que soporta el sur de Argelia a finales de marzo. Dicen que el cuerpo se aclimata así mejor a los más de cincuenta que acogerán en el periodo estival. Pero con ese "sí" le basta. No necesita saber más.

Una tarde, la invitada ha llegado a una casa cercana, se le ha acercado curiosa y le ha ofrecido un caramelo. Sin más preámbulos, se han puesto a jugar. Con gestos sencillos y palabras desconocidas han logrado iniciar un juego de manos, que repiten acompañándolo de una canción, hasta que la niña consigue completarlo. Al hacerlo, Fatu abraza a la invitada como si le hubieran descubierto un enorme tesoro. Y mientras la niña cotillea sus gafas de sol, la invitada se da cuenta de que a pocos centímetros de sus pies descalzos, aguardan amenazantes unos pequeños cristales.

Las calles del campamento son vertederos. La invitada pasea y regala caramelos a otros niños, con Fatu de su mano. Les enseña a no tirar el envoltorio al suelo. Ellos, para darle gusto pero sabiendo que aquello no tiene sentido, los recogen y los meten en una bolsa de plástico. Pasados unos minutos, la invitada comprenderá que no puede guardarla eternamente, porque en el campamento no hay recogida de residuos, porque no hay camiones de la basura, porque no todo es tan sencillo como apartar los cristales lejos de los pies de Fatu.

De noche, a merced del viento, la invitada está sentada sobre la arena de una pequeña duna desde la que se divisan tímidas luces de un puzzle de casas y tiendas de campaña. Se tumba y mira al cielo. Frente a sí, un mapa de estrellas que no consigue ni comprender ni interpretar. Así se siente en aquel lugar. Entre las palabras sabias de aquellas mujeres saharauis, los hoyuelos traviesos que se dibujan sobre la piel negra y dorada de Fatu cada vez que sonríe, y los restos de basura que se reparten por el suelo. Todo es complejo, hermoso, inmenso.

La invitada no lo sabe. Jamás lo sabrá. En unos días volverá a su vida, abandonará el campamento, volverá a lo que hoy es, tan lejos y tan fácil como usar la papelera, como abrir un grifo, como coger algo de la nevera. Pero esa noche, en su jaima, Fatu sueña con las canciones que le ha enseñado. Y, dormida, muestra de nuevo sus hoyuelos, sonríe inconsciente y tranquila, porque vivió un momento hermoso con la invitada, y porque aunque ella regresará a su mundo, siempre le quedará la esperanza de aprender a comprender e interpretar ese mismo mapa de estrellas que cada noche se posa sobre su pequeña cabeza.

    

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