PLÁSTICO



Le llaman El gallego y todas las mañanas se sienta a tomar su primera cerveza del día en una terraza soleada de Las Negras, en el Cabo de Gata. Sí, a veces llueve, pero poco, y cuando lo hace, salvo raras excepciones, parece que las gotas saben a ese mar cuyo oleaje se escucha incesante a escasos cincuenta metros de la cafetería.

Es calvo, grueso y viudo. Y se ha convertido en todo eso en tan solo cinco años. Una curva vertiginosa de la vida, como un niño lanzándose por el tobogán más elevado de un parque acuático, pero sin llevarse los brazos al pecho para evitar posibles magulladuras. Tuvo pelo largo; fue corpulento, de mancuernas carceleras y barras de ejercicio; y también tuvo mujer. Todo murió y uno no sabe qué fue primero. Lo único que mantuvo de su antes fue a su hijo pequeño, ya huérfano de madre, que vivió su epilosis, su ambiciosa e inexplicable expansión corporal, y su cambio de profesión. Porque también cambió de trabajo. Harto de cuidar cortijos del mar de plástico de los alrededores, encontró más valor en las confidencias de los temporeros a los que dejaba alojarse a escondidas cuando no tenían dónde hacerlo, que en el señorito que le pagaba una mierda por mantenerlos a raya, como si fuera un perro de presa. Cuando, aún con el luto en la boca y la mirada perdida, invitó a un grupo de senegaleses a bañarse con todos los lujos en la piscina del corifeo, y algún otro se chivó, fue despedido. Dicho esto como un decir, porque en realidad fue al revés. No había contrato que resolver, ni finiquito que abonar. Cuando el abogado meapilas del cacique le mandó a casa, El gallego le miró con cara de asco y le perdonó la vida, sintiéndose el protagonista despechado de su particular película. “No venga usted con esos zapatos de rico al plástico, que se le manchan de polvo” le dijo justo antes de escupírselos y largarse. Después, recogió a su hijo de casa de la vecina que hacía de madre y de abuela, le acostó, y pasó la madrugada entera llorando.

En la terraza del bar está sentado junto a Jan, un viejo hippie holandés, tísico, ennegrecido, de barba larga y fina y de pómulos sumergidos dentro de su propia calavera, que pasa el invierno y parte del otoño en la Cala de San Pedro, y el resto del año en una habitación del pueblo huyendo de los turistas modernos que buscan la cala para ponerse hasta las cejas. Fabrica pulseras de cuero y poco más. En realidad no tienen nada en común. Vienen de universos distintos, de mundos opuestos. Pero se acompañan en silencio y hay momentos en la vida en los que tampoco hace falta mucho más.

El Gallego mira el reloj de su teléfono, se levanta de la silla tras veinte minutos sin decir nada y le brinda un complaciente “Ahora vuelvo”. Es la primera palabra articulada hasta entonces. Jan ni siquiera responde. Solo le sigue con la mirada calle abajo mientras apura un cigarrillo de liar. Sabe dónde va. Justo allí, en la esquina, le espera un chico marroquí de poca estatura y pelo rizado. El gallego le escucha con atención, poniendo la mano sobre su hombro, como quien trata de dar refuerzo a un niño. Después, habla pausado y culmina la conversación con un gesto cariñoso en la nuca del chaval, que desaparece unos segundos más tarde. Jan le observa regresar con su andar dubitativo y pesaroso. Sabe que la gente confunde su mote y cree que proviene de su costumbre de pedir siempre Estrella Galicia en vez de la Cruzcampo que bebe la mayoría. Un día, en su adolescencia de barrio de clase media alta de las afueras de Rotterdam, él también se dedicó a mover la cocaína de un lado a otro entre los compañeros del instituto. Sabe que El gallego no admira a los narcos de la otra punta del país, los que aparecen como gente humilde que ha progresado a base de hostias y valentía en las series de cualquier plataforma digital que le entretienen algunas noches. Pero no puede hacer nada. Las cosas son así. Cambió su vida de muchacho enamorado de la novia de toda la vida que le aguanta sus desmanes y le protege como si fuera una madre, porque no deja de ser un niño que no la tuvo, y que quiere hacer de él alguien normal; a la de narcotraficante a pequeña escala en todo el Cabo, con conversaciones de película, gestos de película y amenazas y peleas de película, y con el único deseo de que, en cualquier momento, a cualquier hora, la guardia civil venga a hacerle una detención de película, para que su hijo pueda tener una vida normal con la vecina, para que ella haga de madre y no tenga que buscarla en una pareja cuando crezca, y para que pueda encontrar algo de suerte en la vida. Y eso, está convencido, solo puede hallarse lejos de él. Ya va teniendo el suficiente dinero ahorrado para que cuando llegue ese momento, al niño no le falte de nada. Ese es el pacto secreto con ella. Del que nunca han hablado, pero que los dos conocen a la perfección.

Siempre hay silencios que esconden ruidos ensordecedores.

Al llegar la madrugada, con el niño ya dormido, sale con una Estrella Galicia y una Cruzcampo a la puerta de la casa baja que tiene a las afueras del pueblo y se sienta sobre la acera. Al rato aparece Jan, que se pone a su lado, abre su botella y enciende un nuevo cigarrillo de liar. Le ofrece tabaco y El gallego lo rechaza con un gesto cansado. Fumar es malo. Después, vuelve el silencio bajo el cielo estrellado y la luz tintineante de una farola cuya bombilla culmina la obra maravillosa de haber atraído todos los mosquitos de la calle durante los últimos años. El murmullo del mar ruge a lo lejos. Un gato pasa sigiloso y desconfiado por delante de ellos, camino de los cubos de basura, con la esperanza de encontrar un manjar improvisado. Y ya. Nada más.

Algunas noches, cuando se levanta de la acera y se dirige al interior de la casa para acostarse, mira a su compañero y le dice: “Lo intenté. Yo lo intenté, Jan”.

A la espalda del holandés se cierra la puerta. Aunque no hablen apenas, ahora está mucho más solo que antes. Mira al cielo y apura un cigarrillo que ya apenas le abarca el grosor de sus dedos alargados y huesudos. Recoge las botellas vacías, se incorpora y comienza a caminar calle abajo. Ya solo se escuchan sus chanclas golpeando con el asfalto y, unos segundos después, el ruido del vidrio quebrándose en un contenedor cercano.



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